por Juliano Vasconcellos (Brasil)
…feeding a little life with dried tubers.
-The Waste
El helicóptero descendió y se posó en las orillas del río. La nube de arena había enterrado a la máquina cuando brotaron de ella los uniformados; corriendo al trote y metralleta al pecho. No habían llegado al bosquecillo de eucaliptos cuando de allá vino el primer disparo. Los uniformados no respondieron; estaban rodeando el bosquecillo. Vino el segundo disparo y su eco se propagó en aquella quebrada arrasada en los últimos años por la guerrilla. Un tercer disparo; respondieron las metralletas y la quebrada comenzó a estremecerse con el furor de la batalla. El viejo Néstor buscó apoyo en el muro; no iba a perderse ese espectáculo-Se fregaron -dijo.
La perra aulló hacia el lejano bosquecillo, orientó el rosón negro de su nariz a los olores de pólvora que traía el viento. De pronto corrió al hueco del horno donde gemía su cachorro.
-Tranquila -dijo el viejo-. No es con nosotros el problema.
No era con ellos, estaba seguro desde el día que los armados llegaron a su fundo (par de huertas sobrevivientes a la Reforma Agraria) fatigados y predicando el cambio. Jóvenes simpáticos de rostro iluminado y miradas inflamadas por la fe. Y estaba seguro que no era su problema cuando llegaron los soldados. Escuchó la prédica de unos y otros, para decir al fin: No me metan en sus problemas. La misma respuesta les había dado a los pequeños propietarios de la vecindad que lloriqueaban al Ejército por una Base Militar. Agárrense con ellos, impongan
-Tienen que liquidarlos a todos. -Néstor acomodó su sombrero de paja a la caída del sol-. Muerto el perro, muere la rabia.
Una gallina llegó hasta él, cloqueó y corrió a reunirse con otras gallinas que aguardaban inmóviles en una poza de tierra movida. No lograban identificar el origen de tan terribles ruidos.
-Tranquila, Vieja.
El tiroteo cesó al fin. Tras largos minutos de silencio, los soldados atravesaron el reverbero de arenas, abordaron el aparato y desaparecieron entre nubes de polvo. Se oyó el batir de sus aspas, luego retornó el silencio, pero un silencio extraño, diferente al que había antes que llegara la máquina y sus soldados: no cantaban los pájaros y el río rugía con indiferencia.
-Habrán muerto todos.
Pobres muchachos. La semana anterior los había visto desfilar por las orillas del río. Eran una docena de armados y esa noche iluminaron el lejano bosquecillo con sus fogatas. Al siguiente día, Néstor descubrió que el puente colgante había desaparecido. Qué bandidos, se protegían del ejército de ese modo, pero aislaban a los de esta ribera. Por un instante pensó buscar refugio donde algún vecino del otro lado del río, pero lo retenían las gallinas y esa perra que acababa de parir. La llegada del helicóptero esfumó sus dudas. Los bandidos no contaban con esa visita, menos que veinte armados bajarían del animal y los harían tiras. Bueno, ahora el peligro se había alejado; los mozos estaban muertos, los soldados surcaban los cielos y él se había quedado sin puente.
Camino a la cocina se detuvo en el patio posterior, embargado por un sentimiento súbito. Volvió sobre sus pasos y fue hacia el horno de pan.
-¿Y qué dice la mamá? -Se inclinó sobre el camastro; el cachorro no abría los ojos aún.
-¿Ah? ¿Qué dice el mozo? -Levantó al cachorro y lo restregó contra su rostro curtido. La perra ahogó un gruñido-. Tienes que levantarte, ocioso. Tienes que hacer respetar la casa. ¿Hasta cuándo vas a dormir?
En ese momento, la perra comenzó a ladrar hacia la vieja edificación donde se alienaban la cocina, el antiguo almacén de herramientas y el depósito de leña. Néstor tomó una vara y avanzó hacia los confines de la construcción.
Desde el espacio libre contempló aquella quebrada donde había consumido sus sesenta años de existencia, se abrió paso entre los ambientes derruidos que los forasteros continuaban llamando “Hacienda La Ponderosa” aunque las Reformas y Contrarreformas, y los últimos fenómenos guerrilleros, la habían reducido a un caserón arruinado y un eriazo donde florecían el gramalote y la higuerilla.
Las huellas de un costal arrastrado sobre la hierba atrajeron su atención. Al final de esas huellas yacía el mozo.
-¿Qué haces acá?
Era un muchacho de ojos grandes y asustados; zapatillas destrozadas y una ropa hecha andrajos. Néstor demoró en recuperarse de la impresión.
-Vete -dijo.
El mozo intentó ponerse de pie, pero las piernas fueron incapaces de sostenerle. Néstor reparó en el charco de sangre.
-Vete. Me vas a comprometer.
-Agua. Quiero un poco de agua.
-¿Agua? Un tiro es que te voy a dar.
-No serás capaz.
-¿Que no?
Fue al dormitorio, descolgó la escopeta y la cargó con dos cartuchos de matar pumas. Se impuso a los zapateos del corazón y salió al patio, respirando con calma; el pulso no le debía fallar. La perra salió a su encuentro, olió la escopeta, metió el rabo entre las piernas y corrió a su camastro.
El mozo se había arrastrado unos metros y su pierna herida yacía al descubierto.
-Tira -dijo sin levantar el rostro.
-¿No me crees capaz?
-Capaz, sí; pero tonto, no. ¿Qué harás luego con mi cadáver?
-No es tu problema.
-Claro que será tu problema. Y gran problema. Me quemarás, o me meterás a un hoyo, yo siempre estaré allí, contigo, siguiéndote a donde vayas. Matar a un hombre herido no es fácil. ¿O ya lo has hecho alguna vez?
Gruesas gotas de sudor desbordaron los brazos y manos de Néstor y tocaron el cañón de la escopeta.
-Tráeme un poco de agua y despáchame. Nos conviene a los dos.
Néstor lo contempló con detenimiento. El chico tenía el rostro de los cantantes de iglesia y el porte de un deportista; sus modales eran de alguien criado por una mujer, pero las manos eran delicadas, del que no sabe ganarse el pan.
-¿No tienes una madre? -dijo-. ¿No tienes un padre por quién velar? ¿Ah?
-Un poco de agua.
-¿No te das cuenta que has crecido gracias al esfuerzo de un padre? ¿Ah? ¿Por qué son tan chiflados que vienen a morir lejos de sus hogares? ¿Ah? ¿Por qué?
-¿Por qué? -el mozo se apoyó en un codo-. Porque luchamos por los oprimidos, y también por ti. ¿No crees? Con todo lo que sabemos de ti pudimos haberte fusilado el primer día, pero no se trata de eso, sino de cambiar el sistema que deforma a la gente. Tú eres también una víctima y necesitas una oportunidad, en una nueva sociedad.
-¿Así, no?
-Eres el producto de una estructura social injusta. Eres eso, nada más.
-Vaya, vaya. Tú nada menos vienes a descubrir quién soy.
-El sistema te denigra y tú denigras a tu semejante convirtiéndolo en peón, en animal. Eres un explotador, pero tendrás tu oportunidad.
-¿Y por eso me han dejado sin puente?
-No decido yo. Corresponde a una estrategia de operación.
-Cómo hablas, oye.
-Pero, ¿no hacías trabajar sin pago a la gente?
-Se les daba una tierra, se les daba una protección. Lo normal.
-¿Y era normal llevarlos a trabajar gratis a las ciudades?
-¡Que fácil es ser juez, oye! -Néstor levantó la escopeta con decisión, la hizo descansar en un hombro-. Y juez de un mundo del que no sabes nada.
-Es el mundo de los hombres, viejo. Y en todas partes se rige por las mismas leyes. Tenemos que cambiarlo para que tú puedas cambiar.
Néstor se aproximó a la pierna del mozo y contempló la herida que había dejado de sangrar.
-Encima eres insolente. Estás al borde de la muerte y te pones respondón.
-Un poco de agua y me voy.
Néstor sacudió la cabeza y todavía la sacudía cuando devolvió la escopeta a su lugar. Llenó agua en una botella, dudó en mitad del patio y se volvió al dormitorio. Tomó el frasco de yodo y una venda.
El muchacho empinó la botella de agua, tomó aire y procedió a curarse la herida. Néstor se sorprendió ante la destreza de esas manos con los medicamentos.
-Vuelve a tu hogar y…
-Ya me voy -el mozo le interrumpió-. ¿Ves que eres bueno? ¿Qué no te has atrevido a disparar? Tú no eres un hombre malo.
-Qué bien. Yo no lo sabía.
-En serio. Pero no todos piensan como yo. Alguno de los nuestros creen que lo mejor es limpiar la tierra de alimañas, empezar de cero.
-Basta de lecciones. Ahora vete.
El mozo avanzó unos pasos, se volvió a Néstor.
-Sería bueno que te cuidaras. Te pueden matar. Tenemos algunos ultras que profesan la destrucción total.
-Yo no me meto con nadie.
-Estás metido desde hace tiempo, viejo. Abre los ojos.
El mozo cojeó hasta la sombra del molle, lanzó una mirada indefinida desde allí. Néstor tuvo la misma sensación de la vez que se encontró con el puma. Venía cabalgando distraído por el estrecho sendero cuando en una curva se topó cara a cara con el animal. Se quedaron mirando, como ahora, hasta que el puma tiró la cola sobre las ancas y desapareció tras un matorral. Como ahora.
Néstor se fue a la cama pensando en los curiosos eventos de ese día. Despertó varias veces con las palabras del mozo en sus oídos, hasta que cerca al amanecer lo despertó un ruido seco. Escuchó el ladrido desesperado de la perra, luego un chasquido y el silencio. La perra no ladró más. Cogió la escopeta y se calzó a tientas. Podía ser el mozo que había vuelto, o alguna zorra atraída por el gallinero.
Había transpuesto el dintel de su pieza cuando una metralleta se clavó en su pecho y una poderosa linterna lo cegó.
-Arriba las manos, abuelo.
Sintió otro fusil en los riñones. Eran los uniformados. Lo condujeron al corredor delantero donde un oficial fumaba acomodado en el sillón.
-¿Y? -dijo.
-El único -dijeron sus captores.
-Voltéenme la casa -ordenó el oficial, se dirigió a Néstor-. ¿Y a cuántos has dado cobijo, abuelo?
-No entiendo.
-Eres un pendejo, abuelo. Por ahí dicen que tú eres el cabecilla de los terrucos. A ver cuéntame todo lo que sabes.
Néstor empezó a narrarle desde cuando los muchachos desfilaron por la orilla del río y se instalaron en el bosquecillo de eucaliptos, se quejó del puente destruido, de la escasa presencia de las fuerzas del orden y que los años anteriores…
El oficial perdió la paciencia:
-Basta. Quiero agua caliente y un lavatorio. -Se había quitado los botines; le mostró las ampollas de sus pies-. Y sal. ¿Ya? ¿Ya está ese lavatorio acá?
Néstor advirtió que habían soldados en los corredores y en la cocina. Volvió al instante; lavatorio en mano, el rostro exaltado.
-¡Han matado a mi perra! Y ahora… -le mostró el manojo de plumas-, están matando a mis gallinas.
El oficial probó la temperatura del agua, metió un pie con calma.
-¡Le estoy hablando, oficial!
-Te escucho, continúa.
-Tiene que parar a su gente.
El oficial metió el otro pie ahora, se recostó en el mueble, se soltó un botón del cuello.
-Viejo, ¿no te das cuenta de lo que está pasando?
-Claro que me doy cuenta. A donde llegan, ustedes hacen lo que quieren. Cometen toda clase de abusos. Por eso la gente no los quiere. Y los más ignorantes apoyan a la guerrilla, por culpa de ustedes.
-Viejo. Tú no te das cuenta de nada. Dices darte cuenta, pero vives en la luna. ¿No adviertes, abuelo, que el organismo está infectado?
-Por culpa de ustedes.
-¿Ah? ¿Ves que estás en la luna? Tú eres parte de la infección y nosotros somos el antibiótico. ¿Estamos? -Ante el silencio de Néstor, continuó perorando-. ¿Pero qué podemos hacer si el organismo no colabora?
-¿Qué tiene que ver eso con las gallinas?
-Míralo de otro ángulo, abuelo. ¿Qué son unas gallinas, pregúntate, para un organismo enfermo?
-Pero no es la forma.
-Ah, no es la forma. ¿Y cuál es la forma?
Un soldado ingresó llevándole un plato humeante. El oficial lo recibió y comenzó a morder la presa, a sorber el caldo sin ayuda de la cuchara. Se detuvo, dio un largo suspiro.
-¿Tú crees que no tengo una mujer y unos hijos? ¿Crees que no me gustaría amanecer y anochecer con ellos? ¿Crees que me gusta andar bañándome en sangre sin motivo?
Néstor no disimuló la mirada de desprecio. El oficial continuó.
-He renunciado a la felicidad, abuelo. ¿Y sabes por qué? Por defender la propiedad, tu propiedad. Ustedes, los dueños de la tierra, han sido incapaces de hacerse respetar, por eso he venido, a meter las manos en la porquería, a defender lo tuyo, ¿y vas a llorar por un par de gallinas? Eres más viejo de lo que pareces, viejo.
Néstor pensó en esas palabras. Para todo lo que podían servir los argumentos, pero no respondió, ni cuando el oficial reunió a su gente y le repitió esas palabras. Sólo cuando los vio desaparecer, buscó un lugar mullido donde yacer en espera que las agitadas brumas se fueran y llegara la luz del nuevo día.
¿Qué iba a ser ahora del pobre cachorro sin madre? Había sido el único sobreviviente de un doloroso parto, ¿y para qué? ¿Para morir sin haber llegado a abrir los ojos siquiera?
-Venir al mundo y largarse sin conocerlo -lo vencieron las palabras-. Pero algo haré, algo tendré que hacer.
A la llegada del alba se encaminó hacia los breñales donde años atrás se había asentado un pastor de cabras. Arribó orientado por la columna de humo, pero el fogón humeaba solitario y las cabras balaban en su encierro. Pobre pastor, seguramente escuchó los pasos y huyó entre los matorrales. Nadie quería complicarse la vida. Desde esa altura contempló el puente destruido, el bosquecillo de eucaliptos que elevaba al cielo sus brazos mortuorios, los prados que había contemplado desde niño, abandonados al sol ardiente y a las lluvias devastadoras. Los hombres le habían vuelto las espaldas a la tierra.
De algún modo consiguió la leche y emprendió el retorno, atenazado por una angustia repentina. Improvisó un artilugio y el cachorro amamantó hasta quedarse dormido. Entonces llegaron los otros mozos.
En realidad brotaron de los arbustos que rodeaban la propiedad, corriendo en cuclillas, frenándose, corriendo otra vez. Cogieron a Néstor, lo ataron y echaron al suelo. Traficaron la casa y desparecieron abandonándolo en la intemperie.
Néstor trató de soltarse. Tal vez podía rodar hacia la columna y raer sus amarras contra el pedestal. Tenía que intentarlo.
-No te muevas, o disparo -dijo una voz.
Un muchacho, sentado en un banco, lo apuntaba con un fusil.
-¿Quién eres?
-Tu guardián.
-¿Y los otros?
El chico orientó el mentón hacia el bosquecillo de eucaliptos.
-Van a ver qué ha pasado.
-¿Y qué harán conmigo?
-Fusilar.
-¿Así? ¿Tan fácil?
El chico mordisqueaba una fruta silvestre, escupió las cáscaras por encima del barandal.
-No es fácil. Si se dispara de lejos, no es tan fácil.
Era un adolescente apenas, lo pudo ver con claridad; doce años, trece años.
-¿Cómo te llamas?
El chico espantó una mosca persistente. El insecto rondó al viejo, intentó posarse en su mejilla, se alejó.
-¿No tienes nombre?
-Agustín.
-¿Así nomás?
-Compañero Agustín.
-Me refiero al apellido. ¿No hay apellido?
-Cállate. -El chico había oído algo-. ¿Qué es eso?
Néstor también lo oyó: unas voces ruidosas y descuidadas se aproximaban por el sendero del río.
-Nos fregamos. -El chico lo ayudó a ponerse en pie, lo empujó con el arma-. Corre, corre.
Néstor avanzó hacia los viejos almacenes invadidos por la higuerilla. Si eran los soldados, dispararían sin distinción; y si eran algunos vecinos, también.
-Ahora en silencio. -El chico sacó un pañuelo y le vendó la boca con una mano. Néstor apenas podía respirar, pero sí ver la casa desde esa altura.
-Si hablas -murmuró el chico-. Yo disparo sin asco.
Tres hombres de pantalones mojados hasta las rodillas aparecieron en el patio delantero y empezaron a llamar:
-¡Néstor!
-¡Viejo dormilón!
Uno era Lucho, dueño de una pequeña propiedad al otro lado del río; siempre audaz ingresó a la casa sin dejar de llamarlo, apareció en el patio trasero, paseó la mirada por los rincones, se quedó petrificado frente al cadáver de Diamela. Luego fue allá y lo movió con la punta del pie, hizo una seña a sus compañeros. Entonces Néstor los pudo reconocer: Alejo, y Toño. No los había visto desde la vez que se negó a firmar el pedido para la Base Militar. Los tres amigos habían vadeado el río por visitar al viejo Néstor. Buenos amigos. Ahora contemplaban mudos el cadáver de Diamela que tantas veces los había recibido con fiestas.
-Creo que jodieron a nuestro viejo -dijo Toño al fin.
Pasearon la mirada por la casa silenciosa, contemplaron hacia las higuerillas, hacia los tejados, volvieron a contemplar el cadáver de la perra, ahora se miraron entre ellos.
-¿Y dónde estará su cuerpo?
Tras un minuto de silencio, ingresaron en la casona y recorrieron los ambientes. Néstor ya no pudo verlos, sólo oyó el ruido de puertas que se abrían, de mesas volcadas; luego el silencio.
-Lo han matado en el campo -distinguió la voz de Toño-. Tenemos que buscarlo.
Otro silencio, un carraspeo, una voz.
-Estás loco. -Lucho esta vez-. Es complicarse en vano. Nos tenemos que ir, y de una vez.
-Es mejor. -Una tercera voz.
-¿Y no buscamos el cuerpo?
-Bueno, el cuerpo es el cuerpo. Pero él ya está muerto, ¿no?
Un nuevo silencio, más largo que los anteriores.
-Pero a la franca, murió por huevón. Le habíamos dicho que saliera de acá, que se viniera con nosotros. Le cortaron el puente y aquí solo, se jodió.
-Creo que simpatizaba con los terrucos. No firmó el pedido de la Base Militar.
-¿Terruco? -Lucho otra vez-. A mí me parece que más bien se moría de miedo.
Una sombra se arrastró por el patio: un gavilán. Las gallinas cloquearon y los tres hombres reaparecieron.
-Ah, las gallinas.
Lucho se aproximó a la malla del corral, las gallinas no ofrecieron resistencia, se dejaron coger.
-¿Qué haces? -se extrañó Toño.
Nuevo silencio, finalmente habló Lucho.
-No vamos a dejar que mueran de hambre, ¿no?
Los otros inclinaron la cabeza con una sonrisa. De pronto parecieron invadidos por una inquietud. Ingresaron a la casa.
Néstor escuchó que Alejo hablaba ahora.
-Esta montura, podría pasar mala vida, si se queda.
-Oigan, oigan. -Toño intervino con energía-. Hay algo que no está bien. Me parece que en estos momentos estamos matando a Néstor. Lo siento así.
-Déjate de etiquetas -dijo Alejo-. Alguien se llevará las cosas de todos modos.
-Habrá que avisar a sus hijos -se defendió Toño-. Tiene una hija en Lima, y un hijo en la selva. Ellos que vean por sus cosas, ¿no?
-Oh, los hijos. Néstor era un tacaño. Ningún hijo querrá saber nada de él.
Un nuevo silencio.
-Triste final -dijo Lucho. No me gustaría acabar así.
Finalmente los tres reaparecieron en el patio delantero y comenzaron a alejarse de la casa. Lucho por delante, las gallinas en la mano y una alforja al hombro; Alejo atrás, la montura a cuestas y la frazada con que Néstor preparaba la cama para sus visitas en las manos. Toño cerraba la marcha, probándose un sombrero de paja sin mucho entusiasmo mientras en su espalda brillaba la escopeta de Néstor.
Néstor esperó a que el chico le desatara el pañuelo.
-Hazme un favor -tragó saliva-. Mátame.
El chico resopló. Durante la visita no había apartado el dedo del gatillo y tenía las espaldas bañadas en sudor.
-No se puede. Primero te van a juzgar.
-Ya sé. Soy culpable. De una vez. Les dirás que quise huir.
El chico no le respondió en el resto de la tarde, ni le quedaban ganas para volver al corredor. Néstor sintió la urgencia de hacer aguas, imploró al chico le permitiera ponerse en pie. Inútil ¿Pero tenía sentido ponerse de pie? Unas horas más y estaría muerto, frente a Diamela, esperando que alguien llegara a ese patio y levantara su cadáver con un pie. Dejó que sus aguas calientes corrieran sin continencia por sus muslos, por sus rodillas. Sintió la calidez de la vida, se acurrucó y musitó el nombre de su madre. Se vio niño, trotando por los huertos, verdes en aquel tiempo, cuando ni siquiera sospechaba que ese mundo podía llegar a su fin. Intentó recordar el rostro de su hija, el ceño del hijo en sus momentos de preocupación. Imaginó sus expresiones cuando les comunicaran su desaparición. Tal vez correría una lágrima, se pronunciarían algunas palabras: se lo buscó.
Despertó de un estado de somnolencia, en una mezcla de recuerdos y miedo. Escuchó los ruidos que se levantaban del patio. El grupo estaba de vuelta y era más numeroso. Los fusiles despedían destellos y las mochilas alteraban las siluetas. Agustín lo hizo bajar. Con cuidado; eran los últimos pasos de su vida.
-¿Es él?-dijo una voz sobre las mochilas
-¿Qué? -otra voz, impaciente-. ¿Lo conoces?
Néstor reconoció al primer mozo, todavía rengueaba y se apoyaba en un bastón. Era el jefe.
-Hola, viejo -lo saludó, y dirigiéndose a los demás-. Es nuestro. Me curó y me alimentó. Si no fuera por él, yo estaría muerto.
El sol había salido temprano y la atmósfera era de una transparencia cristalina, de modo que Toño pudo distinguir con claridad al hombre que vadeó el río y tomó el camino de herradura.
-Oye, Lucho. ¿No es Néstor aquel?
Los amigos abandonaron el corredor y bajaron hacia el sendero.
-¡Viejo! Qué gusto verte.
Néstor apenas les respondió el saludo.
-Me voy a donde mi hijo, a donde mis nietos.
Ellos alcanzaron a ver el cachorro que viajaba en sus espaldas, contemplando con sus ojos a medio abrir esa mañana que parecía de cristal.
-¿No pasas a tomar un café, viejo?
Toñó lo acompañó un trecho, animándolo a quedarse. Les habían aceptado
-Se ha vuelto loco -dijo Toño de regreso.
-Ponte en su lugar -dijo Lucho-. Qué no habrá visto en todo este tiempo.
Toño recordó de pronto la escopeta, el sombrero de paja y se volvió, pero Néstor había desaparecido y en su lugar el viento agitaba la rama blanca de un arrayán.
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© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.