por Juliano Vasconcellos (Brasil)
Discurso de presentación del libro, leído en el Hotel María Angola el 24 de noviembre del 2004, por el autor:
Los porqué de una dedicatoria
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Zein Zorrilla
El trabajo está dedicado al fino arte de Doña Candelaria Cabana, “La naranjita de Sucre” de San Salvador de Quije; doña Evangelina Tomayro, “La mariposita de Apongo” de la Comunidad de Apongo; doña Cristina Peralta Ramírez, “La Sirenita”, de la Comunidad de Allay. Lograron captar ellas el espíritu de nuestras cordilleras para adaptar a sus voces el arpa y el violín europeos.
El lector no informado tal vez requiera de unas palabras que le permitan una ubicación y un reconocimiento del nexo que existe entre estos Manifiestos y unas cantantes populares de la provincia de Sucre, su capital Querobamba, departamento de Ayacucho.
Como huancavelicano que soy, creo tener una idea clara de lo que se denomina Perú Profundo. Alguien bautizó a nuestros abismos y farallones con ese nombre, tal vez en eco a lo que en los Estados Unidos se denomina el “Deep South”, Profundo Sur, para referirse a las poblaciones de las riberas del río Mississippi, cálidos llanos habitados por blancos, negros, franceses, y mil emigrantes menos afortunados que sus pares llegados a los estados del norte industrial.
Y sin mayor discusión nos quedamos como el Perú Profundo. Sociólogos más acuciosos nos denominan a veces “Mancha India” y nos meten en el saco a Huancavelica, Ayacucho, Apurímac y al Cusco.
Nacido en un hogar mestizo de las serranías y acunado en una hacienda del Bajo Mantaro, al pie de las comunidades indias de Chopqa y Paucará, descubrí los libros y los usos de Occidente por obra de mi abuela mestiza doña Ana Agüero. Mas la suerte me deparó otra abuela, doña Carmen Bendezú, india por sus cuatro lados. Por ella descubrí la música india –no el huayno mestizo de García Zárate, no los yaravíes y mulizas de las hermanitas Sánchez de Huancavelica, sino la otra, que hallaría su más lograda expresión en las voces y guitarras de “El Trío Amanecer” y en la desgarrada voz de “La Calandria del Sur” de “Condemayta de Acomayo” y en la hirviente voz de la finada “Huerfanita de Apurímac”
Ambas abuelas fueron responsables de mi educación. Doña Ana vestida al estilo sastre y con pañuelo de seda al cuello, doña Carmen luciendo pollera y monillo indio de lentejuelas; doña Ana ataviada con peineta y moño a la nuca, doña Carmen con dos gruesas trenzas; doña Ana exigiéndome perfeccionar mi español, doña Carmen inculcándome el dulce quechua de los indios de su original Allato y Huayllay. Las dos son finadas hoy, mas aquí se halla su obra, el producto de sus miedos y sus esperanzas. Por realizar los sueños de la abuela mestiza me hice ingeniero; en afán de convertirme en el guapo violinista que la abuela india se empeñó en hacer de mí, es que me hago escritor.
En el seno de ambas abuelas jamás percibí conflicto alguno. Amparado por la inocencia de la niñez entendí que las miradas fulminantes que se dirigían eran parte de la normalidad. Y me las arreglé. Madrugaba a instancias de mi abuela india para recorrer los alfalfares y mojarme en el rocío de la mañana. A la hora del desayuno me peinaba con raya al medio y acudía a la mesa con ademanes correctos bajo la fría mirada de mi abuela mestiza. Con la abuela mestiza leí a Dumas y a Verne, Las mil y una noches, y algunos libros de Vargas Vila que ella disfrutaba en secreto. Bajo su dirección aprendí a declamar los poemas de Amado Nervo y Juan de Dios Peza. Luego del mediodía y honradas las llamadas “horas de la tarea” volaba al encuentro de la abuela india a disfrutar las llamadas “horas del recreo”. Alentado por la abuela india, y de boca de los peones de hacienda, de boca de las bellas Tomasa y Justina, niñeras de mis hermanas, me instruí en el arte de los “Watuchis” –adivinanzas quechuas cargadas de fina poesía-, aprendí los trucos del “Kamicuy”, desafíos destinados a ejercitar la agudeza del intelecto y la nitidez de la memoria visual. Sí, hay un arte literario andino que se renueva a cada generación. Y este arte literario se expresa en conjunción siempre de la música. No me importa si eso es atraso o adelanto con respecto al desarrollo artístico de Occidente. El caso es que es así y estoy seguro que ese nexo, en nuestras latitudes, no desaparecerá.
Llegada la noche me dirigía a la pieza de mi abuela mestiza, doña Ana, y la acompañaba en sus oraciones vespertinas. Un rosario “por el alma de su hermana Agueda, que murió soltera y sin conocer varón”; otro rosario por el alma de su padre “don Martín, el prefecto del departamento que impuso a los presos de la cárcel unos trabajos forzados de su invención en sus minas de sal”. Me retiraba a mi pieza con las manos juntas, musitando oraciones por la salvación de mis antepasados mestizos. Juraba ser un hombre “recto, honrado, orgullo de sus ancestros” cuando desde algún lugar de los Andes me tentaban las broncas notas de una bandurria, la queja de un violín, de una armónica a cuyos jadeos acuden las almas, abandonan el purgatorio y vuelven a la tierra a encarnarse en los danzantes. Quitarse el pijama y acudir al llamado eran un solo ademán. En esas celebraciones donde los mozos lucen a la luna sus rostros de bronce y las muchachas parpadean con el fugaz coqueteo de la perdiz, me encontré con otros mestizos incapaces como yo de sustraerse al llamado de la tierra. Ahí estaban Américo Miranda que estudiaba Medicina en Lima hasta que conoció a Tomasa Enríquez, india de Pukacruz; me encontré a Victoria Arotoma que llegó a Lima de cocinera, en Lima se convirtió en señorita, volvió hecha una señorita a esas tierras de encanto y al escuchar la bandurria del “Borrado” Crispín lanzó su cartera roja al viento, sus zapatos de tacón al río y se convirtió en india otra vez. Esa era la vida, que yo esperaba que duraría para siempre.
Pero sucedió que cumplí los seis años y fui enviado a una escuela de la ciudad, Huancayo, y se acabó mi magnífica educación.
¿A qué vienen estas remembranzas? La respuesta es sencilla: a que entonces se quebró la unidad de ese mundo y en el futuro todo fue, o pretende ser: o mestizo, o indio. Las exigencias en Lima eran más precisas aún. Las opciones eran “ser peruano, o “ser del interior” Y “ser peruano” significaba “ser criollo”
Era la Lima de los setenta, y una sola emisora de radio propalaba huaynos, desde las cinco de la mañana hasta las seis. Y luego música decente. Qué diferencia con los tiempos actuales: cuatro emisoras de TV tienen su programa de huaynos y varias emisoras de radio emiten esa música las 24 horas del día. Mas tampoco eran los años 50 en que los hermanos Muñoz Monge, niños entonces, fueron reunidos por su padre, Juez Letrado de Apurímac, quien les hizo conocer que en esa casa, ubicada en el Paseo Colón de Lima, no se escucharía el huayno nunca más. ¿La razón? Habían sido denunciados. ¿El supuesto delito? Los huaynos en una calle tan principal.
Pero no solo la escisión se manifestaba entre lo andino y lo criollo. Era más profunda aún. Mientras el andino concebía la producción y el consumo de la literatura y la música como una indisoluble unidad, lo criollo, es más, lo Occidental las consideraba como dos artes separadas y cada una desarrollándose según su particular tecnología. Dejar de ser Andino para intentar la occidentalización significaba de un modo, para mi caso, optar por la literatura y olvidarse de los huaynos. Y no acepté la escisión, traté de mantener mi primigenia unidad.
Fue así que busqué a otras gentes del Ande, otros escritores andinos y criollos. Ah unidad, qué difícil eres de alcanzar una vez que te has perdido. En el Huancayo de mi juventud leí a su poeta Parra del Riego, pero no hallé en él ese sentimiento huanca indomable que solo décadas después hallaría en el compositor Zenobio Dagha, el de “Yo soy huancaíno” y “Vaso de Cristal”. Tal vez el sentimiento ande por allí y sea mía la limitación. Seguramente que el espíritu de “Los campesinos” y de “Los Calcas” se halla en la obra de los escritores Enrique Rosas Paravicino y Luis Nieto Degregori. Y tal vez no, y el símil tampoco importe a estos escritores. Tal vez el espíritu del “Picaflor de los Andes” y el otro de la “Flor Pucarina” vagan en las noches heladas, susurrando en las altas ramas de los eucaliptos, buscando una encarnación, o tal vez solo se encarnan en otros músicos como “La Panteñita” y la “Huerfanita de Apurímac” cuando no en el insistente violín de Panchito Leight. Quién sabe si las voces de los actuales Hermanos Aybar de Ocobamba, la voz de Nancy Manchego, la voz fina de Angélica María y el temperamento de plata incrustada en bronce de “July del Perú” sean el anuncio de otros tiempos, de otras literaturas que recién se llamarán Literaturas del Perú.
Es decir, si para entonces estas tierras todavía continúan llamándose Perú, si por obra de generaciones venideras no se llama ya “Antisuyo” como por milenios se llamó. Tiempos futuros en que tal vez esta capital no se llame más Lima, y esa nomenclatura se haya reducido a nombrar solo lo que hoy es el Cercado, por ser insuficiente para nombrar a la hirviente multitud andina que hoy puebla los llamados “Conos”. ¿Cómo rebautizarán a Lima mis descendientes con su conciencia de que todo cuestionamiento a la identidad pasa por un cuestionamiento a la denominación? ¿Lamarqocha, por su cercanía al mar? ¿Aqopampa por ser un mar de arenas bajo la capa de asfalto? ¿O Qeromarca por los carrizos que poblaban estos llanos bañados por los desbordes del Rímac desde la antigüedad? Preocupaciones para la gente del mañana. Para nosotros hoy, contemporáneos míos, andinos de Huaraz y Andahuaylas, de Puquio y de las llanuras de Maranganí, el caso es que una vez planteada la escisión no hay más unidad.
No hay unidad para mi amiga Diana, hija de croata en india Aymara; no la hay para mi amigo Luis, descendiente de un gamonal ayacuchano, por añadidura japonés, quien feliz de su mestizaje decidió enriquecer su existencia desposando a una española, y con sus íntimos prefiere comunicarse en delicado francés. Tampoco la hay para los cientos de pueblos andinos que se han embarcado en un cambio de nombres sin precedentes. Paccha-huallhua prefiere llamarse “Independencia”; Qarahuasa se ha cambiado a “Los Ángeles”. En las ciudades establecidas las aguas no están más serenas. Ni hablar. Mi amigo Eduardo de Los Portales de Javier Prado, lucha cada noche con sus vecinos que pugnan por cambiarle el nombre a la calle, Huarochirí, porque sus niños tienen vergüenza de ese nombre. Quisieran vivir en “Los Ángeles”, en “Naciones Unidas”. Los conflictos culturales se expresan al momento de bautizar a un vástago. ¿La llamamos Juana, o mejor Jacqueline? Al momento de nombrar un negocio: ¿Bodega “Buena Fortuna”, o mejor “Lucky - Big Market”? Andinos de hoy, la unidad perdida nos espera en el sepulcro, cuando alguien clave una cruz y pinte la inscripción: “Descansa en paz, fulano de tal, por fin”
Pero esta vida preñada de contradicciones culturales tiene sus ventajas. Podemos venir de todos los puntos del Perú, reunirnos en una sala de abolengo criollo como esta, sentirla nuestra por unas horas, hablar de Conflictos Culturales, obsequiar a nuestros oídos con una voz de Querobamba, y a nuestro paladar con un Whisky escocés. Pero antes de ese placer, permítanme compartir dos anécdotas.
Un restaurante de carreteras a orillas del majestuoso río Pampas. Noche cálida. Tres choferes cenan acomodados en una tabla, o fingen cenar. La luz de un televisor ilumina sus rostros, ya de rojo, ya de azul. Una belleza de los Andes llena la pantalla con su canto, mas los tres choferes no contemplan la pantalla, sino a un menudo bailarín. Un niño de cinco años que se menea frente al televisor, ausente de este mundo, sumergido en esa música que al parecer brota de sus tuétanos y no de aparato alguno. El niño toma un trozo de soga y se azota al compás del arpa, se abandona a las cadencias del violín. Los choferes ríen, los contemplo. Ellos y yo envidiamos al niño. También nosotros quisiéramos azotarnos. ¡Qué sentimiento! El mismo que nos trae “La Sirenita de Allay”, el mismo que despierta con los trinos y los bajos de “La Mariposita de Apongo”.
Al parecer la escisión del mestizo no pasa por estas cantantes, ellas continúan acunando en sus pechos los ritmos del Ande milenario, componiendo canciones de motivos agrarios y ritmos desconocidos en la urbe, no es música para profesores de universidad, sino para humildes griferos y trejos camioneros, para maestros de escuela de zapato destapado y guardias civiles de polaca raída, para ese otro Perú que la Cultura Criolla se empeña en invisibilizar.
La anécdota final, más reveladora aún. Doce del día en Querobamba. “Radio Sucre” anuncia Música Peruana e irradia por los Andes la voz criolla de Carmencita Lara. Pregunto: ¿Y la música de ustedes, la del arpa y el violín?” Respuesta: ¡Ah, esa no! Esa es música de nosotros. Esa otra es la peruana.
Por eso la dedicatoria de mi tercer cuaderno, por traer a ustedes esa “música de nosotros”. Pero a la vez un modo de implorar a las musas que se apiaden de los escritores andinos de hoy y nos toquen con el rayo de gracia con que tocaron a “La Sirenita de Allay”, a “La mariposita de Apongo”, para que nos envíen la inspiración que envían en las noches de sereno a “La naranjita de Sucre”, artista de San Salvador de Quije que semanas atrás mantuvo bailando a todo un pueblo en la plaza de Canarias, desde la medianoche hasta bien entrado el siguiente día. Y hubiera seguido cantando hasta hoy si las autoridades no le hubieran implorado que dejara de cantar. Solo entonces cada uno de los bailarines se desplomó de sueño en el mismo lugar donde estaban bailando. Sí, de eso es capaz la “La naranjita de Sucre” y para que yo no pase por un burdo fabulador, ella aceptó obsequiarnos con su arte en una hermosa noche, como la de hoy.
Hotel María Angola, Abril del 2004.
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© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.