Zein Zorrilla: El Artillero de la Ficción

por Juliano Vasconcellos (Brasil)

La novela andina contemporánea y el canon literario criollo

Lima, Mayo del 2004 

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Zein Zorrilla 

 

 

Introducción  

            Para el peruano que se sienta llamado por las musas y decida trasladar su experiencia vital en la forma de una novela, el camino a recorrer parece previsible.  El primer paso seguramente consiste en afinar los rudimentos del oficio, sea con la asistencia a un taller del ramo, sea apelando a la colaboración y los consejos de un colega mayor, sea con la lectura de los libros adecuados.  Eso sería la estación de partida.  

El aprendizaje posterior lo conducirá a una segunda estación constituida por la escritura de la novela, hecho que lo pone en los umbrales de la publicación luego del gólgota que significa conseguir un editor, conseguir un caratulista y comprometer a una pluma prestigiada para que escriba las obligadas líneas de contratapa.  Publicada la novela, nuestro escritor creerá que su empresa llegó a buen fin, que en adelante el libro queda en manos de críticos y lectores.  “Ya hice lo mío” es la expresión que escucho a menudo en boca de escritores agotados y al borde de un ataque de nervios.  Sin embargo, ¡ay, novatos!, la carrera apenas comienza.  

La publicación de una obra de ficción en general constituye la estación final de la creación, seguramente en latitudes donde el marco cultural que brinda contexto al libro es rico, ágil y variado, es decir para países donde abunda la crítica y las páginas culturales compiten en fertilidad.  Este marco externo a la obra es importante.  En primer lugar, hace posible al libro llegar a los lectores e impactarlos con el debido énfasis, hace posible que el libro se posicione en el imaginario de la colectividad.  Al parecer así acontece en otros países donde la lectura está integrada íntimamente a la vida diaria de los ciudadanos.  Ello, sin embargo, no ocurre en nuestro querido país; no sucede en nuestra adorada ciudad de Virreyes.  

¿Y por qué no suceden esas cosas que parecen tan lógicas y tan sancionadas por el sentido común?  

            Resulta que un libro completa la etapa de su publicación solo luego de haberse posicionado en el imaginario de su colectividad.  Hay autores afortunados cuya obra se posiciona de inmediato.  Ahí está Cien años de soledad, que en su primer año de publicación agotaba una edición tras otra.  Por otro lado, hay autores desgraciados cuya obra se posiciona varias décadas después que su autor haya muerto.  Tenemos a Herman Melville cuyo Moby Dick esperó a que el movimiento literario llamado Modernismo modificara la sensibilidad de los lectores.  

            ¿Y cómo me irá a mí? Es la primera pregunta que ante este panorama se plantea un escritor.  

Cualquier escritor puede formarse una idea del proceso que va condenando, o coronando, sus esfuerzos con la lectura de las críticas que su obra concita.  Unas veces descubrirá con pasmo, otras veces con horror, los juicios y prejuicios que terminan por clasificar su obra.  En esta etapa, el escritor conocerá el rostro del monstruo que estaba en el mundo antes que él, y que estará todavía en el mundo después de él.  ¿Su nombre?  Canon literario.  

Claro que hay autores a quienes poco importan estas consideraciones.  Pese a ello logran imponerse.  Estos son los genios.  Como son pocos y florecen en los linderos de cualquier norma, volvamos a nuestros escritores comunes, a esos que intentan narrar las historias de sus sueños, y casi siempre terminan narrando las historias que pueden.  

Cada sociedad y cada cultura posee un Canon, construido en buenas decenas de años, cuando no en centurias.  El canon de las metrópolis parece ser autónomo, y parece deberse a las tensiones del desarrollo propio de una cultura.  El canon de las ex colonias, en cambio, parece ser una copia de los prestigiados cánones de las metrópolis.  Es el caso del canon criollo.  Y dado que el canon está constituido muchas veces por prejuicios, más que por juicios; por sobrentendidos, antes que por precisiones, resulta que el canon de cualquier ex colonia está constituido por sombras de prejuicios, por copias de malentendidos.  

La cultura limeña se ha arrogado para sí la representación de la nación desde los tiempos de

la Colonia.  No es ninguna novedad.  Se llama a sí misma Cultura Peruana.  Posee un Canon y lo impone a las  diversas culturas que florecen en este país de tan variados nichos culturales como ecológicos.  El resultado es irritante para unos, divertido para otros, y frustrante a la postre para todos.

             El canon literario criollo se desarrolla en institutos y universidades, se expresa a diario en los medios de difusión nacional.  Es quien convoca a los premios nacionales, consagra las poéticas que confirman su ideario y sus modelos estéticos.  Con sus comentarios a libros y publicaciones, con sus preferencias y sus exclusiones; con sus invitaciones a diversos eventos, y otra vez con sus exclusiones, el Canon criollo constituye un poderoso generador de moldes culturales.  Estos moldes se irradian de modo persistente desde las aulas universitarias, desde las redacciones de los diarios criollos, a todos los villorrios de la cordillera, a los rijosos valles interandinos, a las paradisíacas villas del oriente amazónico.  Un solo discurso, monopólico y autoritario.  

            Como corresponde a una ex colonia, el Canon criollo fue acuñado en la metrópoli española, tuvo su periodo de afrancesamiento, y trata hoy de hacerse eco de los hallazgos celebrados en la cultura norteamericana.  Pese a que en las últimas décadas se remoza, con un toque de realismo sucio norteamericano, el Canon literario criollo contempla hipnotizada a Madrid y París, vueltas las espaldas a las culturas del Ande que realizan su propia asimilación de los aportes de Occidente.  

            Lima vive con la mirada puesta allende los mares, de espaldas a un Ande que le envía la papa y el maíz, le envía el agua que a diario bebe, un Ande que con Vallejo y Arguedas vino a renovar su sensibilidad.  Lima vieja y blanca, orgullosa y arruinada, aún levanta su dedo amenazante y con ademán consagratorio indica quién es y quién no es.  El Who’s who de este país de cholos se dicta desde el cercado de Lima, cuando no desde un café de Miraflores.  El canon criollo pretende que su dictamen se propague por los médanos de la costa y las ensenadas de las serranías; por las polvorientas carreteras y las villas de rojos tejados; busca hallar un eco a su voz en los bohíos de la selva y en los frígidos campamentos mineros.  

            Así están las cosas hoy.  Y frente a ellas, un solo escritor poco puede hacer.  Protestar, sí, ¿pero luego?  

            Luego, cada escritor desarrolla particulares estrategias frente al opresivo y castrador Canon Criollo.  Las estrategias van desde la indiferencia suicida hasta el sometimiento humillante.  La colección de actitudes conforma un auténtico almacén de los horrores.  

            Algunos escritores perciben los riesgos de salir a propalar su raigambre andina y deciden tomar distancia de los temas andinos.  Prefieren asediar temas de mayor prestigio y aceptación.  Son antológicas las producciones generadas en el interior del país cuyo tema es el medioevo italiano.  Sí.  Gracias a un cuento ambientado en

la Italia del Quatrocento, un escritor huancaíno logró una Mención Honrosa en el premio COPE.  Hace años.  Otro escritor prefirió novelar las desventuras amorosas de unos mestizos en el marco de

la Lima del siglo XVIII.  El canon criollo consagró sus esfuerzos adjudicándole el premio mayor.  En el mismo file de renuncias a una identidad, con todo derecho, y la asunción de una identidad de mayor prestigio, con mayor derecho aún, recuerdo las declaraciones de unos escritores de la ceja de selva oriental.  Año 1986.  “Nosotros somos otra cosa, hermanito”, me hicieron entender, “los Andes terminan cinco kilómetros más arriba”  Muchos de Uds. recordarán las declaraciones de un escritor sureño a una revista limeña:  “Soy el menos andino de los escritores andinos”.  La súplica implícita era:  “Por tanto soy casi uno de los vuestros.  Celébrenme.”

             Otros escritores prefieren no preocuparse de cánones ni definiciones.  La obra de estos autores queda librada a la interpretación de los reseñadores de Lima.  Ahí están Declaro a Oscuro el bellísimo poemario del huanuqueño Samuel Cárdich que pasea su excelencia inclasificable sobre tanta producción que lo desplaza de las antologías y lo desplazará a las páginas de relleno de alguna Poesía Peruana que se escribirán en el futuro.  Ahí están el soberbio Inka Trail del arequipeño Oswaldo Chanove que desconcertó a ciertos gurús criollos que continúan viendo en la novela andina una continuación de las manifestaciones Indigenistas, y en el mejor de los casos Neoindigenistas.  Un iluminado reseñador dominical creyó ver en mi novela Las mellizas de Huaguil la continuación de los trabajos de Clorinda Matto de Turner.  Otro crítico se extrañó de no ver mamachas ni papachas, y encontrar más bien un manejo del montaje cinematográfico en mi novela Carretera al Purgatorio.  Ante mi insistencia de que ese era “mi Ande” y esa era mi concepción de la novela, su respuesta fue: “Entonces pues, Zein; no eres andino, eres cosmopolita”  Le agradecí su piadosa iluminación.  

            No puedo olvidar, ni debo, el paternal consejo que un reputado crítico me susurró con aire paternal:  “No repitamos tanto lo de nuestra procedencia andina, Zein.  Si nosotros mismos nos llamamos así, qué más querrán los criollos”  Me quería decir en el fondo: “Seamos otra cosa”  Y mi respuesta es, y será:  “Está bien.  Pero dime qué cosa”  

            Pero felizmente, y contra lo que podría suponerse, en las últimas décadas viene consolidándose una poderosa oleada de escritores que se proclaman andinos con una firmeza que linda la impudicia.  A sus trabajos creativos añaden manifiestos y ensayos, conscientes que su llegada al lector y su aporte a la tradición pasan por la construcción de un canon en concordancia con el nuevo panorama cultural.  

            Ignoro cuál será el panorama futuro, de acá a cincuenta años.  Las hojas de coca se muestran reacias a revelar ese futuro; y la bola del mago Merlín exige una pericia en la que no soy experto.  Es posible que el mare mágnum de la globalización termine por disolver el lastre que significa para unos la tradición andina.  El Perú se habrá convertido entonces en un país computarizado, casi blanco, casi occidental.  En ese panorama, los escritores andinos de hoy seremos recordados como los últimos dinosaurios de una época que se hundió en la negrura de la historia.  Los retratos de los más afortunados serán expuestos en algún museo, entre momias de sonrisa eterna e inmóviles fardos funerarios.  Fin de la historia.  

Pero también es posible que esta misma globalización ocasione, como lo viene haciendo en diversas regiones del planeta, una afirmación de los regionalismos como reacción a la amenazante homogenización de la existencia que parece acarrear dicha globalización.  La nación descubrirá entonces que un gran componente de la identidad nacional proviene de los Andes.  Y los doctos criollos descubrirán que el Ande no es un territorio ubicado tras las montañas, y que ciertas zonas residenciales como

La Molina y Monterrico, lugares donde se fraguan los estándares de la cultura criolla, están ubicadas al pie de las primeras estribaciones andinas.  Y se descubrirá que los Andes físicos no comienzan en los nevados de Ticlio, ni en las faldas del Huascarán como muchos creen, sino que nacen al final mismo de

la Avenida Benavides –son los Andes esos montículos, amigos míos; pellízquenme si por ventura ese Cerro San Cosme es un afloramiento de los Pirineos.  Del mismo modo se descubrirá que la cultura andina ha venido permeando toda manifestación cultural, todo lenguaje; y descubrirán los hombres de ese tiempo algo de lo que muchos hoy estamos seguros:  que todos somos andinos, unos blancos y otros negros, unos pedantes y los otros humildes.  Se descubrirá que la cultura andina constituye nuestra fatalidad, pero a la vez constituirá nuestra única tabla de salvación, según me ha confiado el novelista y sacerdote Miguel Garnett, que sabe de estas cosas, el día que nos llamen al valle de Josafat y nos ordenen agruparnos por culturas antes de la evaluación final.

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© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007. 

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