por Juliano Vasconcellos (Brasil)
La República (Lima), Domingo 30 de noviembre del 2003
Javier Agreda
Uno de los más notorios y polémicos representantes de la narrativa andina actual, Zein Zorrilla (Huancavelica, 1951), acaba de publicar el libro Siete rosas de hierro (FCE, 2003), un conjunto de cuentos que evidencia los progresos literarios de su autor, quien recientemente obtuvo el Premio Internacional de Novela La ciudad y los perros por su obra Carretera al purgatorio.
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Una sociedad marcada por la violencia y por el fracaso del viejo proyecto de modernidad burguesa es la que nos muestran los siete relatos de este libro. La descomposición del antiguo orden y el aparente caos actual se describen con seguridad y economía de medios en el cuento “Arrasados” en el que Néstor -un viejo hacendado, arruinado y solitario- es asaltado y despojado de sus pocas pertenencias, primero por los terroristas, después por el ejército y por último, al creerlo muerto, por sus propios vecinos. Desesperanzado, Néstor decide huir, aunque al hacerlo tenga que abandonar definitivamente su hogar y la hacienda a la que dedicó su vida.
Autor de los controvertidos ensayos Ribeyro: un miraflorino en París (1998) y Vargas Llosa, la sombra del padre (2000), Zorrilla es un atento lector de la narrativa peruana contemporánea, y en varias oportunidades ha criticado el que nuestros novelistas y cuentistas andinos se queden en el lamento por el fin de una sociedad agraria y tradicional. De ahí que en estos cuentos, sin dejar de lado el retrato realista de la crisis, intente abarcar los más diversos aspectos del fenómeno, incluidos los económicos y culturales. La variedad de personajes y situaciones, y lo parejo de los relatos, permiten que el libro muestre acertadamente algunos de los principales problemas y disyuntivas que enfrentan hoy los habitantes del Ande.
Básicamente son dos las respuestas a la crisis que se pueden encontrar en Siete rosas de hierro. La primera es la tenacidad (opuesta a la pasividad de Néstor) con la que algunos protagonistas defienden el orden y los valores tradicionales. En “Ladrones de caballos”, el jefe de la policía de un pequeño poblado se mantienen tercamente apegado a una legislación caduca y ya sin sentido; mientras que en “Inundaciones”, el protagonista Hernán, un ingeniero de minas, trata heroicamente de mantener la explotación de un yacimiento aurífero a pesar de la falta de dinero. Un viaje a Lima para pedir recursos a los dueños de la mina lo lleva a descubrir que para ellos resulta económicamente más beneficioso cerrarla.
La otra alternativa tiene que ver con la búsqueda de nuevas formas de modernización más acordes con nuestros tiempos. Es el caso de “El harem de Tony Flags”, el primer cuento del libro, en el que el afán de superación parece concluir en un descarado arribismo: Tony, el protagonista, es un adolescente que enamora sólo a muchachas más blancas y que hablen mejor que él el castellano. Pero estas muchachas a su vez tienen las mismas pretensiones, por lo que ninguna se fija en Tony. Algo similar, pero en tono trágico, sucede en “Gran Hotel Embajadoras”, y en ambos cuentos encontramos los aspectos más débiles del libro: deficiencias en el manejo de los diálogos, falta de empatía del autor para con sus personajes (especialmente los más jóvenes), y una demasiado evidente intención didáctica y moralizante.
Ingeniero de profesión, Zorrilla debutó con los cuentos del libro ¡Oh generación! (1988), al que siguieron las novelas Dos más para Charly (1996), Las mellizas de Huaguil (1999) y Carretera al purgatorio (2003), obras en las que la crítica ha resaltado “la orientación más connotativa que denotativa de su lenguaje lleno de encantos andinos” (Martín Lienhard) y el buen manejo del montaje y las más modernas técnicas narrativas. Siete rosas de hierro es un libro que suma a esas cualidades una mayor madurez del autor, tanto personal como literaria.