por Juliano Vasconcellos (Brasil)
Caretas (Lima), 25 de febrero de 1999
Gustavo Flórez A.
Fue Raúl Villarán, gran periodista peruano, el que decía con suma justeza y socarronería: “Si Hamlet viviera aquí ya se hubiera vuelto loco, porque en el Perú ser y no ser son la misma cosa”, aludiendo a la terriblemente graciosa manera de ser de los peruanos.
La frase se encarna completamente, entre otras cosas, en el ignominioso ensayículo publicado recientemente por Lluvia Editores y escrito por el ingeniero Zein Zorrilla.
El ensayículo —ensayo de menos de cincuenta páginas— está infestado de citas; ideas propias hay muy pocas, pero hay; amén de espíritu ensayista del escribiente, es decir, carente de profundidad y conocimiento para analizar seriamente la obra ribeyriana.
El libro de Zorrilla empieza por el estudio de las mentalidades —investigaciones de moda en las ciencias sociales— para desbarrancar por ideas de crítica literaria del siglo pasado. Saint-Beuve lo hubiera nombrado su alumno predilecto, al leer el ensayo en el que intenta explicar su obra basándose en su vida personal y viceversa.
Una de las tesis centrales que el texto maneja es la confrontación que hubo entre la mentalidad de Ribeyro: “Una mentalidad de señor de colonias, de patio trasero” y la mentalidad europea: “una Francia donde las cabezas aristocráticas habían rodado a la canasta dos siglos atrás, llevándose de la historia los privilegios de sangre y apellido”.
Zein Zorrilla desliza, entre sus pocas certezas, que existió una inadaptación de Ribeyro a la sociedad francesa. Ribeyro, un inadaptado. ¡Vaya cosa! Y porque no podía integrarse a esa sociedad hizo de su estadía europea “…un retazo de Lima, de Miraflores, allí donde fue”.
Ademas, el texto zorrillesco juzga, con babilónica ignorancia, toda la obra de Julio Ramón Ribeyro sólo desde la perspectiva de sus cartas y sus diarios. Es sabida la tendencia hipercrltica de Ribeyro hacia sus textos. ¿Es valedero el juicio de un autor sobre su propia obra? Referencialmente sí, pero el texto se explica a sí mismo. Las bases para el análisis serio parten y vuelven al texto. La certeza de ama opinión no parte de la senda donde se manipulan los comentarios del autor a estudiar denostándolo gratuitamente. ¿Con qué fin? ¿Vender el dichoso librito? ¿Robarle algo de fama al creador? Sólo el diablo y Zorrilla lo saben.
Al preguntarse Ribeyro —en su diario— sobre la imposibilidad que tenía para crear personajes, ya que éstos están cambiando siempre, Zorrilla escribe: “Los personajes son inventados, maestro”, se nos ocurre exclamar, a cuarenta y tres años y el océano Atlántico que nos distancian de esa aseveración.
¿Es creíble lo que se lee? ¿O sólo nos parece que Zorrilla le corrige la plana a Ribeyro? No señor Zorrilla, usted debería saber—y no lo sabe— que lo que Ribeyro escribe en ese momento es un diario, es su lavandería, su patio trasero, no su obra.
Debería sentir el mayor de los respetos al ingresar a los cenáculos más íntimos del creador y no turbarse con aquellos humores de la soberbia que le afrontan el seso y le mancillan las entendederas.
Zorrilla ataca a Ribeyro diciéndole que no tiene el instrumental técnico necesario para escribir. Pero lo que no sabe es que a Ribeyro jamás le importaron las modas y las vanguardias. Él escribió como sentía y sus cuentos funcionan porque están escritos de esa única forma. Y no de otra. Así, el ensayista, en su estilo trágico y balbuciente, en la suprema benevolencia suya, tan grande como su ego, perdona al escritor al final de las páginas: “Ribeyro expió la culpa de nacer en un país donde la literatura es mero adorno, no herramienta insustituible de penetración en la realidad…”
¿Ribeyro, víctima del Perú? En todo caso de sí mismo, y no de Zein Zorrilla y su libelo, lleno de citas, diatribas y muy pocas ideas.
Ser y no ser son lo mismo en el Perú. Para algunos es una verdad clara, sobre todo, si se lee con la intención de desviar los asuntos y se juzga como Dios, siendo tan sólo un hombre.