por Juliano Vasconcellos (Brasil)
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La República (Lima), 1999
Javier Agreda
Fruto del mestizaje cultural propio de nuestro país, la narrativa de Zein Zorrilla (Huancavelica, 1951) tiende a romper moldes y esquemas, aunque con desiguales resultados literarios. Tanto en su primer libro de cuentos, ¡Oh Generación! (1988), como en su primera novela Dos más para Charly (1996), el crítico Martín Lienhard resalto “la orientación más connotativa que denotativa de su lenguaje lleno de encantos andinos”. Sin embargo, Zorrilla ha preferido abandonar ese lenguaje por otro más universal en. su más reciente novela, Las mellizas de Huaguil (San Marcos, 1999), un relato acerca de la forma en que la modernización está afectando incluso a los pueblos más recónditos de nuestra serranía.
Rosaura e Inés, las mellizas del título, son dos muchachas que se criaron juntas en Huaquil, un pueblo “a diez horas de Huancayo” (p.9) y cuyos habitantes se dedican en su mayor parte al pastoreo. Cuando comienzan ciertos problemas entre los pobladores y un hacendado, Rosaura decide salir a probar fortuna a Huancayo, mientras que Inés opta por quedarse resistiendo al lado de su madre. Con el tiempo, Rosaura se va haciendo una comerciante más y más importante, llegando a establecerse en Lima. Inés, por el contrario, sólo pasa de un problema a otro: los abusos de los hacendados, la reforma agraria, los ataques del terrorismo (queda viuda y con un hijo) y una enfermedad que le deforma el rostro.
Es evidente que el autor ha usado a sus protagonistas para graficar dos actitudes opuestas ante las radicales transformaciones de la sociedad andina en años recientes. La primera es la de Rosaura, que huye de la pobreza y trata de modernizarse; la segunda es la de Inés, que sigue en la tierra donde nació forma una familia y lucha por mejorar sus condiciones de vida. Pero la forma en que Zorrilla presenta está oposición es demasiado esquemática y simplista. Rosaura es todo lo negativo: renuncia a sus raíces y basta a su propio nombre (lo cambia varias veces), se aleja de la familia y no tiene hijos. Inés es todo lo positivo: se enfrenca a las autoridades injustas, acompaña a su madre y a su esposo hasta la muerte, es padre y madre para su hijo. Y hasta su rostro deforme se opone a la belleza artificial de Rosaura.
Lo más paradójico de esta novela es que su emotivo discurso en favor de las tradiciones yen contra de la modernidad es realizado desde una perspectiva sumamente moderna y en un pulcro “español estándard» (así lo denomina Miguel Gutiérrez en la contraportada) libre de cualquier contaminación léxica o sintáctica proveniente del quechua. Si en Dos más para Charly las peculiares descripciones de Lima hacían notar el origen andino del autor, en Las mellizas…, las descripciones del mundo andino revelan más bien una retórica muy similar a la de ciertos narradores modernistas. Y aunque Miguel Gutiérrez afirma que con estas opciones Zorrilla «pone fin a los últimos rezagos del indigenismo”, podemos encontrar muchas similitudes entre este libro y Aves sin nido (1889), novela fundadora de ese movimiento en el Perú.
En otros aspectos, el autor da muestra de progresos literarios respecto de su narrativa anterior los eucesos están mejor estructurados y resultan más verosímiles, hay un más apropiado manejo del tiempo (gracias al acertado empleo de la elipsis), y los personajes –especishnente el de Inés— están más desarrollados. Por todo eso Las mellizas de Huaguil resulta una novela de interés y una muestra de que Zorrilla continúa trabajando seriamente, aunque con altibajos, en la elaboración de una narrativa personal.