por Juliano Vasconcellos (Brasil)
Cambio (Lima), 1999
Tulio Mora
Desde Dos más por Charly (1996), Zein Zorrilla (Huancavelica, 1951) ya anticipaba que sus mayores exigencias en la novela irían por la construcción de la ficción, asunto sobre el que ha sido muy crítico, no sólo con relación a autores prestigiados (recordemos su polémico ensayo, pero sólidamente argumentado, “Un miraflorino en París”, 1998, sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro), sino consigo mismo. Esta exigencia ha encontrado un sólido resultado en Las mellizas de Huaguil, su segunda novela.
No es casual que Zorrilla sea un profesional asociado a la actividad minera, que en nuestro país equivale a decir la protagonista de los empujes transformadores, casi siempre de manera brutal, de la sociedad agraria en otra industrial; tema, por lo demás, de considerable bibliografía y que en Todas las sangres, de José María Arguedas, reproducido cabalmente. Pero en Zorrilla esta circunstancia profesional incita sobre todo a su lado formal: la fascinación del “constructo” (el “craft”, en inglés, artesanía, y también fuerza y potencia) que luego se convertirá en universo dramático a través de la palabra, como se desprende de sus constantes referencias a los teóricos de la forma (D.H. Lawrence, E.M. Forster, John Hersey).
Y esto es justamente lo que convierte a Las mellizas de Huaguil (Editorial San Marcos, 162 pp.) en el campo de sus exploraciones que según las expresiones de Miguel Gutiérrez, en la contratapa, tiene “una construcción impecable” trayendo “consigo una renovación formal en el arte de novelar el mundo de los Andes; por ejemplo, al adoptar con audacia el español estándar como instrumento de la narratividad pone fin, creo yo, a los últimos rezagos del regionalismo”.
Esta importante observación cancela el viejo tema de la traslación de las hablas a la novela, además de reconsiderar el hecho, cada vez más evidente, de que la elección idiomática, como parte de la estrategia, está íntimamente relacionada con el grado de autonomía que alcanza con relación a su realidad, dotándola de legitimidad y verosimilitud. Leyendo Las mellizas de Huaguil uno descubre que la recreación del campesinado quechuahablante, emisor de un español “culto”, ahora resulta más convincente que su reproducción tópica, propia además de una etapa premigratoria, y en consecuencia preurbana, que no es más la que define el país de fin de siglo.
Ese país, como crisis y oposición, es el que encarnan las hermanas Rosaura e Inés, la primera, producto (exitoso) de la migración, y la segunda, su lastre agónico y obstinadamente sobreviviente. Simbólicamente hablando, el segmento temporal en que fija su desarrollo la novela, a comienzos de los 70 y este fin de siglo, con todo su clima conflictivo (las contradicciones que despertó la reforma agraria velasquista en el campesinado, el surgimiento de la violencia política) es el periodo en que una de las hermanas, Rosaura, “se come a la otra”, como parte de un jalonamiento hacia esa aspiración, desesperada, contenida e inevitable, de la urbanización como sinónimo (discutible) de modernidad. Pero el símbolo —en una novela tan sugestiva— tiene un segundo componente: las mellizas, duplicaciones contrariadas del perpetuo desgarramiento, dejan abierta otra vez la incertidumbre de cancelar la etapa transicional (Guillicho, el sobrino nieto de Rosaura que se va con ella a la ciudad “a hacerse hombre”), la que toda voluntad de culminación concluye en su remedo (la ceremonia escolar del último capítulo).
Zorrilla no ha recurrido al maniqueísmo para recrear ese desencuentro: lo urbano no es blanco, ni lo agrario, indio, sino una realidad confusa, promiscua, híbrida, que va de la renunciación de un universo a la incorporación (a la mala) al otro. Ese traslado cultural, que Arguedas agudamente había trazado como el tránsito del indio al cholo, supone en las hermanas, usaremos el título de una novela de Carlos Fuentes, un “cambio de piel”: de la premigrante Inés que evoca, en su anclaje, la inútil lealtad a su destino de postergación (la negación consciente de reunirse con su hermana) y sometimiento (acepta ser entregada por su madre al que después será su marido), al de la migrante Rosaura, despojada de nombre (la apelación a los nombres falsos sugiere el uso de coartadas simuladora de adaptación, que la van desarraigando de su origen), sus constantes cambios de trabajo y residencia (Huancayo y Lima), desechando todo cotejo afectivo de la memoria para entregarse a un travestismo que acaba de desfigurarla. Rosaura es, de muchos modos, el retrato posbélico de Huaguil (y de todo el país, habría que decir): un escenario en permanente (e inconclusa) construcción.
Zorrilla ha empleado un riguroso montaje cinematográfico para resumirnos estos últimos 30 años en apenas 160 páginas, con capítulos espléndidos (el V, la feria de Chupaca; el VIII, la crónica de la violencia política y el IX, el viaje de Inés transportando el ataúd de su marido hasta Huaguil), en los que una hábil descripción visual crea atmósferas propicias, la emotividad, y no el monólogo interior al que aún es afecta gran parte de nuestra narrativa. Agreguemos a ello los diálogos, no por abundantes menos precisos, desterrando también una desconfianza que había alimentado García Márquez, bajo el supuesto de que la literatura española no ha tenido un desarrollo dramático parejo a la inglesa, por ejemplo, y que por eso los parlamentos en nuestra lengua carecen de espontaneidad literaria. Revísese, en la obra de García Márquez, y en casi todos los escritores del boom, las coartadas inteligentes para eludir esa aparente desventaja.
Una mención aparte reclama la elección de las mujeres como personajes de esta novela, gran deuda de nuestra narrativa, y en la que Zorrilla también logra un aporte (es memorable la viuda Romero con botas de soldado y su recua de mulas), y de manera general la construcción de todos sus personajes, densificados por un trabajo minucioso; los hermosos párrafos del escenario andino (no equivalentes cuando describe Lima) y las acertadas soluciones para desechar lo accesorio, trasladando a los lectores la prolongación de lo narrado. Todos estos recursos deberán servirle para emprender, como es deseo del autor, la escritura de la comedia nacional de esta otra edad que nos toca vivir.