por Juliano Vasconcellos (Brasil)
Ciudad Letrada N°1 (Huancayo), Octubre del 2001
Introducción al libro de John Gardner
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Zein Zorrilla
Este libro no está dirigido a los literatos, ha sido concebido, traducido y editado para los artífices de la ficción, sean éstos dramaturgos, guionistas o maestros de la palabra en busca de alcanzar la destreza de los novelistas.
¿Literatos? ¿Ficción?
En una cultura como la nuestra donde ambos términos son utilizados libremente bien vale la pena desabotonarse los puños para rociar cal sobre la línea invisible que deslinda ambos territorios.
Las urgencias espirituales que hace dos milenios reunían a los arrieros de Bagdad frente al fuego, y aquellas que impelen a las modernas multitudes de hoy hacia las salas de cine, son las mismas en esencia: una necesidad de sumergirse en los universos de la ficción, recorrer sus fábulas, reencontrarse con los fragmentos de sus propios destinos maravillosamente cristalizados en conmovedoras historias.
Historias, eso, y conmovedoras. Sin salir de nuestra habitación, podemos escondernos en nuestro barril de manzanas y aterrorizarnos con Jim Hawkins de La isla del tesoro, recorrer una tierra quebrantada por la pólvora y la sangre con el capitán Frederick Henry de Adiós a las armas, suspirar con Emma Bovary, vociferar con los Karamazov, paladear la hiel del desprecio con el insecto Gregorio Samsa. Y con sólo acomodarnos en la butaca de un cine de barrio podemos asistir a la degradación moral de Michael Corleone, que ingresó a los territorios del mal por sanear los negocios de la familia y terminó hundido, con el lodo hasta la barbilla, acompañar en su fuga a Méjico a Thelma y Louise, comprobar con ellas que en este mundo de hombres no hay felicidad posible para las mujeres que pretendan ejercer su completa libertad, por último y en forma subrepticia, podemos abandonar Casablanca apoyados los brazos en Rick Blaine y el Capitán Renault, repitiendo con ellos: Éste es el comienzo de una bella amistad.
Podemos ser Medea, Lear, Bernarda Alba, Rosendo Maqui, y el niño Ernesto, el Chaucato y Sangama y comprobar con todos ellos que cada personaje de ficción es una faceta del diamante de mil caras que es cada uno de los hombres de esta tierra. Pero estos personajes serían nada, apenas inquietantes luciérnagas perdidas en la noche infinita, granos de arena en las anónimas dunas del desierto, si sus acciones y las interiorizaciones de dichas acciones, no estuvieran dispuestas en obediencia a un orden secreto, aquel signado por los imperativos de la historia, soberana absoluta de toda obra de ficción.
Aristóteles fue uno de los primeros en reparar en la importancia del fenómeno. El modo más eficaz que los hombres disponen para narrar una experiencia, o una ordenada secuencia de experiencias, en forma impresionante, y memorable, es disponiendo los elementos en la forma de una historia. Nos lo recuerdan oficiantes contemporáneos tan disímiles como Kazuo Tshiguro, Ha Jin, Jumpha Lahiri y Raj Kamal Jha.
Los padres fundadores de la tradición latinoamericana así lo habían entendido. Asturias, Gallegos y Quiroga, Ciro y el olvidado Hernández, sentaron las piedras angulares de lo que sería la ficción del Nuevo Mundo. Luego vendrían los otros, que haciéndose eco de los hallazgos de las vanguardias europeas se desviaron del camino, imitaron formas exteriores, corrientes ideológicas que pregonaban la desaparición del viejo orden, relegaron al olvido la tradición y sus principios milenarios. Los anaqueles de las librerías comenzaron a llenarse de experimentos grafomaníacos bellamente encuadernados, de flujos de conciencia, de supuestas historias donde el personaje era el lenguaje.
¿Los resultados? Un Cabrera Infante que llegó a sus límites con Tres tristes tigres, un García Márquez y sus estampas mágico realistas, que pueden añadirse, restarse, permutarse, sin alterar sensiblemente el texto, un Pedro Páramo, memorable hasta unos párrafos más allá del Yo También soy hijo de Pedro Páramo, para sumergirse en un caos de voces
en el que intentamos encontrar supuestos contenidos inexpresables en palabras.
Hoy que el furor experimentalista parece haberse sosegado y que novelas escritas al estilo tradicional llenan las librerías de las metrópolis, vale la pena revisar ciertas premisas, ciertos libros, como el de John Gardner y redescubrir la importancia central de la historia en el mundo de la ficción, por ser ella el ordenamiento básico capaz de transmitir información y emociones en forma cautivadora, comprometedora y, a la postre, memorable.
La traducción ha sido realizada por José de Piérola quien ha iniciado, con escritores como Luis Nieto y Mario Choy, una severa revisión de la tradición hispánica de la que somos herederos cautivos. Libros como éste, editados también ahora por el infatigable Esteban Quiroz, concurren al esfuerzo de quienes batallan por rescatar a la ficción de lo sólo literario, y ansían entregar a sus lectores historias que revelen al mundo el rostro aún oculto del hombre de estas latitudes.
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