Zein Zorrilla: El Artillero de la Ficción

por Juliano Vasconcellos (Brasil)

Arguedas o los bosquimanos

Ciudad Letrada N°3 (Huancayo), Enero del 2001

Zein Zorrilla

Marco socialLos que estamos acá congregados lo hacemos en torno a problema de la palabra escrita como testimonio de una realidad rica y esquiva. La palabra escrita llegó a nuestras latitudes, con su lengua, con sus moldes socioeconómicos, con su orden social de tipo feudal.
Durante la etapa de la Colonia el uso de la palabra escrita estuvo destinado a fines específicos: administrativos, cronísticos, religiosos. Su uso para los fines de la ficción le estuvo vedado, como le estuvo vedado al hombre del Nuevo Mundo no sólo la escritura, sino la lectura de obras de ficción.

Pero si bien las colonias empobrecieron su producción escrita, y empobrecieron las exploraciones que su desarrollo conlleva, la metrópoli también se llevó lo suyo. Mientras Inglaterra aplaudía a un Dickens y un Tackeray; Francia a un Flaubert y un Zola; Rusia a Tolstoy y a Chejov; los estados del norte tenían una gama de ficcionadores que iban desde Poe hasta Melville, pasando por Mark Twain y Hawthorne.

De ese modo la lengua castellana que había dado al mundo a Cervantes y Lope, Quevedo y Calderón, tuvo que esperar la llegada del siglo XX para intentar equipararse a sus vecinos con la pluma de Federico García Lorca.

¿Qué pasaba en el Perú? ¿Qué pasaba en Lima entretanto, una Lima que desde esos tiempos se arrogó para sí la representación de la nación?Resmas de crónicas, documentos administrativos, pero de ficción memorable nada. Apenas un Ricardo Palma, flor extraña que cuajó en ese incierto terreno de la crónica deformada por la lente de la necesidad ficcionadora: la tradición.

Y así nos encuentra el siglo veinte. A la palabra escrita se suma un uso más: la denuncia social. Este uso inaugurado seguramente por Guamán Poma, será desarrollado por los indigenistas, por los escritores proletarios, con vastedad y persistencia, al extremo que por décadas se creerá a ése el único uso digno que la palabra escrita podía tener.

Será a partir de los años 50, con el inicio del derrumbe de las sociedades que habían venido floreciendo a lo largo del país, que surgirá una nueva clase social, que preferirá llamarse a sí misma Clase Media y cuestionará los usos de la palabra escrita y descubrirá su uso lícito para la pura ficción.

Una definición de la ficción

¿Pero qué es ficción?

El término es casi nuevo en estas latitudes y su esporádico uso está revestido de la vaguedad. En su lugar se prefiere usar el término literatura.

Una gran necesidad del hombre es buscar respuesta a las terribles interrogaciones planteadas por la vida diaria, interrogantes sin respuesta. La vida diaria está atravesada en todos los sentidos por las intromisiones del azar, de la injusticia, a diario libramos batallas en los territorios delimitados por nuestros temores y nuestras esperanzas, perdemos muchas de esas batallas, caemos, pero la lucha diaria nos obliga a levantarnos otra vez.

En esta necesidad de respuestas reside el origen de toda obra de ficción. Y desde los tiempos más antiguos el hombre acude a su producción, y a su consumo, use el lenguaje que use: teatro en los tiempos antiguos, novela cuando crecen las ciudades y aparece ese triste producto de la sociedad industrial (las multitudes solitarias): cinematografía en el mundo moderno. Las necesidades que inmovilizan a los hombres frente a las pantallas de televisión son las mismas que juntaban las rodillas de los pastores errantes en torno al fuego del desierto.La satisfacción de esas necesidades hermana a la ficción con otras manifestaciones culturales que acompañan al hombre en su trajinar por el mundo. La ficción es compañera de las religiones, de todas, que ofrecen una explicación a todos los avatares, y brindan al fiel el premio de la eterna felicidad siempre que viva de acuerdo al código. La Ficción, es hermana de la política, que ofrece la solución de los problemas que aquejan a los pueblos -problemas muchos sin solución-, siempre que el lector “decida” hacer su destino, para lo cual sólo debe elegir al adecuado conductor de pueblos.

La ficción en suma, permite entregar información, a la vez que emociones, usa diferentes lenguajes y seguramente los irá enriqueciendo con los recursos que la tecnología ponga a su disposición. Podrán cambiar los lenguajes, pero será la misma necesidad de ficción y la forma de satisfacerla.

Los frutos de hoy

Las dudas que acometen a los costeños y los andinos de hoy, nos impelen a plantearnos una serie de preguntas, de si somos andinos, o si somos regionales, si somos ya peruanos o nos quedamos en la sola representación provinciana.
Esta búsqueda de definiciones nos llevará seguramente si es que no nos está llevando ya-, a la adopción de nuevos elementos culturales, más adecuados a los escenarios contemporáneos, al rechazo de otros elementos que como la piel gastada de los saurios se seca y muere por no recorrer más la sangre por sus vasos inútiles. Estamos en tránsito permanente a ser “otros”, y el vívido testimonio de ese tránsito son las Obras de Ficción.¿Pero cuál camino adoptar para no perderse en ese mar de información que hoy nos llega por todos los medios? ¿Qué faro seguir en esa búsqueda a ese siempre cambiante ser? Como todos, también yo tengo mis fórmulas, sé qué vale para mí, pero a ustedes les puede servir para hallar su camino. En la vigilia de mis noches de tormento, con una novela bloqueada, o un personaje abortado, musito y trato de ver que ante cada problema técnico, también me aguarda el camino de los bosquimanos. ¿Y qué son?

Sabemos todos que a una edad muy temprana ese genio de la escritura y de la autopromoción que es Mario Vargas Llosa, realizó una serie de entrevistas a escritores mayores que entonces engrosaban lo que hoy conocemos como la Tradición. La pregunta era nueva e insólita en estas latitudes: ¿Qué piensa usted de la técnica literaria?

Las respuestas son variadas; lo testimonia la recolección de entrevistas realizada por Rodríguez Rea, y va desde los que rechazan una aproximación tan fría a las según ellos ardientes e ingobernables lavas de la creación, hasta los otros que reducen la técnica literaria al escribir gramaticalmente bien. Tal vez, la respuesta sea acertada: no les habían preguntado por la técnica de la ficción, sino sólo por la literaria; no les habían pedido la impresión que guardaban del monstruo, sino sólo de uno de sus lenguajes. Por eso resulta hoy insólita la respuesta sencilla, y la vez de resonancias que llegan intactas hasta el día de hoy, de aquella proporcionada por José María Arguedas: toda técnica se reduce a involucrar al lector.

Involucrar, es decir escribir no para uno -como tanto pedante pretende hoy- sino humildemente ponerse al servicio de aquello que espera el lector, de cogerlo, y con música y palabras llevárnoslo a donde lo queramos llevar.

Y con ese lema en su escudo, José María Arguedas descubrió aquello que ya sabían Homero y Shakespeare, Faulkner y nuestro olvidado Jorge Isaacs: que la ficción trabaja con las esperanzas y los temores de los hombres, esas dos materias antagónicas que son los humores del alma, y que para que esos dos monstruos se activen la ficción trabaja escenarios donde se encuentran escalas de valores morales, con esas negaciones que amenazan sus existencias.

Y así trabajó en Agua, la escala de valores nativa, con la de los patrones, las movilizó en pos de un recurso común, el agua. Esta antítesis fue ampliada en Yawar Fiesta, sin caer en maniqueísmos, pero sin dispersarse en los tentadores abismos del experimentalismo que a tantos escritores ha devorado, y sigue devorando. Y sin proponérselo tal vez, pero fiel a su ímpetu creador trazó el camino para los que estaban por venir: toda técnica se reduce a comprometer al lector.

Frente a un predicado tan sencillo no faltan los que salen en pos de postulados más alambicados, y caen en lo que hemos llamado el Síndrome Bosquimano.

Allá por los años setenta cuando las exploraciones de los pueblos primitivos embriagaba a los estudiosos de occidente, una expedición occidental se instaló en los desiertos de Australia a estudiar la vida de los bosquimanos. Regaron de instrumentos los arbustos que les proporcionaban la sombra, de cámaras de TV las cuevas que los protegían de las tempestades, de sensores de pisadas las orillas de los ríos y sus abrevaderos.

Pero en la misma medida que los sabios de occidente estudiaban a los primitivos, era asimismo motivo de una investigación de sentido inverso.

Embadurnados los cuerpos de barro, los bosquimanos rastreaban las huellas de las botas occidentales en la arena nativa, husmeaban las latas vacías de extrañas conservas de pescado, registraban minuciosamente los movimientos de los hombres blancos.

Y uno de los movimientos cargados de misterio, de enigma, de magia, era éste. Un hombre blanco se aproximaba a la caja negra donde correteaban luces de colores y con una pera en la mano hablaba y gesticulaba mirando los cielos. Allá arriba, ante la mirada de ese locutor de radio de onda corta, no tardaba en aparecer el pájaro de plata, daba unas vueltas y dejaba caer un hongo -el paracaídas- cargado de galletas, conservas, quesos y carne embutida.

A veces alguno de esos envíos era arrastrado por los caprichos del viento al territorio de los observados, que acometían sobre el regalo celestial, bajo la complaciente mirada de la ciencia occidental. Hasta que eso acabó un día, y la expedición se marchó dejando tras de sí pilas de basura de la civilización. El pájaro de plata se fue con ellos, y también los alimentos.
Un bosquimano desesperado tomó un día una lata en forma de pera, se instaló donde se instalaba a el locutor de radio, y ante una caja vacía repetía los gestos y ademanes que recordaba haber visto a quien imitaba. Los otros protegían sus ojos del sol y elevaban la mirada, creyendo ver aparecer el pájaro de plata, ya por aquí, ya por allá.

Similares experimentadores, fatigaron durante décadas la buena prosa castellana, la llenaron de monólogos interiores, de flujos de conciencia, de historias sin trama, sin personas, donde el personaje era el lenguaje… al mejor estilo bosquimano, repetían formas exteriores de manifestaciones culturales cuyas leyes no entendían.

Una imagen más para despedirnos. Alguien reunió una vez los siguientes ingredientes: viejos peines porque necesitaba plástico; bombillas de linterna, porque necesitaba pequeñas luces, trozos de cables eléctricos por requerir de conductores, unas lampadas de arena porque le habían dicho que en ella podría hallar el silicio, y luego de mezclar todo dentro de un cilindro vacío de aceite, pegó el oído a la espera del momento en que semejante mescolanza de elementos deviniera en un radio de transistores.

© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.


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