por Juliano Vasconcellos (Brasil)
Ciudad Letrada N°8 (Huancayo), Junio del 2001
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Zein Zorrilla
Llama a sorpresa una novela sobre el mundo negro, y más si esta novela ha sido escrita por una escritora insertada en ese universo.
El título de la novela, Malambo, puede llamar a engaño. Acostumbrados como estamos a trabajos locales podemos creer que nos aproximamos a otra obra típica del costumbrismo, donde aparecerán personajes de stock, y donde el mérito mayor lo constituirán las exploraciones linguísticas del autor. Pero esta novela depara al lector una sorpresa adicional; la fluidez de la prosa, y el del estilo se sustentan en una sobria estructura dramática.
Contrariamente a lo que podría sugerir el celo puesto por la autora en ubicar con precisión su escenario histórico, no es esta una novela de costumbres, ni menos una novela más del regionalismo con personajes negros; estamos ante una novela-novela en el sentido más moderno, organizado en torno a una trama, cuyo movimiento está determinado por las ambiciones de sus personajes, por los conflictos que enfrentan sus universos.
Los diversos eventos están ambientados en una época de la colonia, en plenos tiempos de la trata de esclavos, del santo negro Martín de Porres y del virrey de la quinina. En ese escenario se nos presentan los dos mundos contrastados. Malambo y la ciudad de los Virreyes, separados por el Río Rímac, el río hablador. Ambos mundos con sus propias escalas de valores morales, debidamente encarnados en personajes verosímiles, todo ello orientado a asegurar la solidez de la estructura.
El Malambo de esta ficción se ubica en las faldas del cerro San Cristóbal, y es asiento de Minas, Angolas y Mandingas y las cofradías de Congos y Mondongos que se codean con libertos, cimarrones y esclavos de mala entrada. Aquí habita el anciano Tomasón Vallumbrosio, esclavo en situación irregular, que se mantiene aferrado al oficio de pintor de santos. Tenía donde vivir gracias a su compadre Jacinto Mina, compadre del alma y caporal de la cofradía de los negros de Angola, que con dos alarifes llegó un día y le construyó la casa, con una gran ventana para que pudiera contemplar el río. Un tercer amigo, Venancio Martín, pescador, hijo de una lavandera de vientre libre, pero ya huérfano y hombre sólo como los otros dos vendrá a completar la amistad. De vez en cuando reciben la visita del estrafalario Yawar Inka, una mezcla de indio y alguna otra sangre que llevando el producto de sus andanzas, se desplaza libremente de una a otra margen del río.
La otra orilla del Rímac, donde se ubica el palacio del Virrey, cuenta con sus propios personajes y sus propios ajetreos. Aquel mundo es regido por Jerónimo Cabrera Bobadilla y Mendoza, Conde de Chinchón, decimocuarto Virrey del Perú. Y a él pertenecen el marqués de Valle Umbroso, patrón irregular de Tomasón, don Manuel de la Piedra, comerciante enriquecido que conserva la arrogancia tácita de los criollos acaudalados y que diez altos atrás apenas deambulaba por las pulperías portuarias del Callao sin mas equipaje que un fardo enrollado y tres talegas de yute. Este hombre logra hacer fortuna con un embrollo de préstamos, ventas y réditos acumulados y se adueña de una casona con el deseo de convertirla en hostería. Con dicha propiedad se hace asimismo de dos sirvientes negros: la cocinera Candelaria Lobatón y el calesero Natario Briche. La servidumbre se completa con la compra de la negra Altagracia Maravillas. Esta orilla del universo novelado se enriquece con Jerónimo Melgarejo, molinero criollo en pleno plan de expandir sus negocios, acicateado por Gertrudis, su mujer.
2. Los mundos y sus valores
El mundo de los blancos se halla regido por ambiciones materiales y muy concretas. El molinero ansía comprar las propiedades de doña Catalina Ronceros, siempre que ella se case con Manuel de la Piedra, para cuyo efecto intrigará sin descanso. Manuel de la Piedra es por otro lado un hombre de deseos elementales, nada turbará el estado de somnolente felicidad a la que ha llegado, con sus periódicos remates de negros y sus siestas en brazos de la esclava Altagracia Maravillas. Quien encarna los valores de este mundo es justamente Manuel de la Piedra.
A diferencia del mundo blanco signado por la moneda, las intrigas mercantiles, y la falta de escrúpulos, al otro lado del río Rímac florece Malambo, signado por la solidaridad, la compasión, pero también por la precariedad que parece perpetua, por un sentimiento de humor cultivado, de religiosidad y desprendimiento, necesarios para hacer llevaderas las zozobras de esa clase de existencia.
3. Las familias en ambas riberas.
La familia viene a ser el microcosmos donde se reflejan las características de una sociedad. Por eso cuando uno se asoma a una obra de ficción conviene apreciar el particular tratamiento que cada escritor le da al tema de la familia. Si nos aproximamos a las familias de la primer novela de Vargas Llosa, encontraremos familias tensionadas por la ausencia física o simbólica del padre, en la obra de Arguedas sentiremos la ausencia de la presencia tierna y aglutinadora de la madre.
En Malambo, hallamos “familias” de una composición singular. Para comenzar las mujeres son tratadas como animales de producción, o de soporte, u objetos de placer. La cocinera Candelaria paliará con sus cuidados la soledad del patrón, llegada la vejez cederá su puesto a la joven morena Altagracia Maravillas. En un diálogo en que ambas se encuentran nos enteraremos de los riesgos que ha corrido ella y envidiará a su reemplazante el no tener que enfrentar la furia de las esposas blancas.
Pero a las mujeres blancas tampoco les va mejor en la otra ribera del río. La viuda Catalina Ronceros fue enviada desde España, como un bulto, como un paquete, y directamente al lecho de su primer marido. Preparada ahora para formar un segundo matrimonio, sencillamente viene y se instala en la casa de Manuel de la Piedra, con sus gallinas que vagan por el proyecto de hostería, todavía en proyecto y ya en ruinas, donde Manuel de la Piedra gasta sus días en apreciar a nuevas generaciones de negras y especular con negocios hipotéticos, sin voluntad para ordenar su existencia, sin voluntad siquiera para dejar partir a Catalina Ronceros y recuperar su libertad, por temor a que con ella se vaya también una de las razones de su existencia: Altagracia Maravillas.
En esta casona vaga el espíritu de Candelaria, regresa cada noche en busca del dinero que escondió bajo el batán, debajo todavía del dinero del patrón; pasea Altagracia la amante negra y arrastra sus celos Nazario Briche el marido cobardón, y el despistado estudioso Chema Arosemena que emulando a Humboldt cree haber venido a Lima a escribir un libro sobre las costumbres de la ciudad para finalmente evaluar sus posibilidades en forma realista y terminar enrolado en un negocio de guano de islas. A este espacio llegará la novia eterna, acompañada de pavos y pollos que pugnarán por arrancar a picotazos los frutos bordados de las alfombras. Con sus gallos que agitan las alas sobre los muebles de charol para lanzar su canto, esta casa sin destino constituye tal vez una de las metáforas más ácidas y acertadas de lo que significó la Colonia para la vida nacional.
La negra Altagracia Maravillas que sería el otro núcleo de familia es en este mundo movido por instintos, es apenas otro oscuro objeto del deseo, de los celos, de una silenciosa amargura que recorre las páginas de la novela. Queda encinta de… alguien, y cuando le llega el turno de enfrentar a los probables padres, al patrón y al calesero su marido, les espetará una de las verdades de ese mundo: ese hijo es sólo de ella. Y será la única madre de la novela, sólo más adelante, cuando ya hayamos volteado la última página. No hay madres en este universo, sólo corpúsculos sueltos que flotan en el vacío al soplo de las fuerzas desorganizadoras de la esclavitud.
Y tampoco hay más matrimonios. La unión del molinero Jerónimo Melgarejo y Gertrudis, es más una sociedad mercantil, una SRL de la colonia, antes que un matrimonio. Esa misma razón social, con objetivos económicos definidos y carente del más elemental deseo, habrán de constituir Manuel de la Piedra y la viuda Catalina Ronceros.
3.0. El pasado y el futuro
Ninguno de los personajes de ambas riberas posee un pasado definido. Catalina bajó del barco para dirigirse a la casa de su primer marido. Ahora unida a Manuel de la Piedra conformará esa capa de estéril vida social que parece haber sido la Colonia.
El pasado de Manuel de la Piedra parece animarse algo; recorrió de mercachifle el Portugal y Panamá. En las páginas finales de la novela se enfrentará a las consecuencias de sus andanzas, con su sangre bastardeada en el algún lecho de esclava, descubrimiento sórdido, mudo, doloroso, drama tras cuyo telón vemos la firme mano de escritora de Lucía Charún. Don Manuel de la Piedra sorprende una noche a un ladrón en su casa, es el negro Guararé, esclavo vendido por él. Guararé muere a resultas del castigo infringido. Sólo cuando el esclavo ha muerto, don Manuel se entera, con ayuda del estudioso Chema Arosemena, que no era un ladrón, que andaba buscando a su parentela con un bíblico retazo de tela en la mano, el retazo que le entregara su madre como recuerdo del hombre que lo engendró. Manuel de la Piedra reconoce el retazo de tela. ¿Era entonces su hijo ese esclavo vendido por él y muerto por él? Hombre blanco sin descendencia; el hijo que tenía se ha ido de este mundo, y aquel otro que porta en el vientre Altagracia Maravillas quién sabe si es de él.
Al final de la novela la esperanza renace en el lado de Malambo. Una boda en ciernes; Pancha que ha bajado a los infiernos y ha bailado con el mismo demonio y ha regresado al mundo del los vivos está preparada para tomar marido. Y finalmente unos dineros llegados por obra de los antepasados permitirán la redención de Altagracia, es el dinero de la vieja Candelaria, ganado en el lecho del patrón que irá a rescatar de ese lecho a una mujer de otra generación.
Cerrado el libro nos queda la sensación, el convencimiento, que esta conducta la hubiera tenido cualquier pueblo, sea blanco, asiático, cholo, de haberlo sometido al mismo trato, es decir arrancarlo de su tierra natal, descuartizar sus familias y enviar sus miembros a todos los puntos señalados por la rosa náutica.
Malambo no es una pintoresca novela sobre sólo el pueblo negro sino la exploración lograda sobre una faceta de la humanidad.
4. La prosa.
El trabajo formal del libro merece aplausos aparte por el tratamiento de su lenguaje, por la forma en que se han rescatado modismos y giros negros desconocidos.
Por otro lado la autora ha hecho frente a un problema común a los escritores de culturas marginales que orientan su obra a lectores habituados al consumo de literatura occidental. El problema fue encarado por Arguedas quien tuvo no solo que contar una historia, sino muchas veces colorear las referencias que le permitirían desarrollar su historia con precisión. En estos altares, muchos autores han terminado sacrificando la valiosa energía dramática de sus obras, que para un ficcionador son su mayor capital. Lucía Charún ha superado limpiamente el desafío, manteniendo las proporciones y dosificando una información que en manos menos expertas hubiera terminado ahogando a la historia y los conflictos que la motorizan.
Del mismo modo tampoco ha cedido a las tentaciones del mágico realismo que satura buena parte de la creación de estas latitudes, aún hoy. Párrafos como aquel del descenso de Pancha a los infiernos, o las visitas recurrentes de Candelaria a la vieja casona, son despeñaderos que arrastrarían a un escritor menos seguro de sus objetivos, de ellos ha salido librada nuestra escritora por su conocimiento del oficio.
Y en general estamos ante una novela en que la autora se muestra tras de sus personajes, está a la vez en todas partes y en ninguna, como quería el maestro Flaubert. Tal vez el único recurso cuyo uso valdría la pena revisar para futuros trabajos sea el de las transiciones entre una escena y otra. Este recurso ha sido llevado a niveles de complejidad tales por los maestros desde Tolstoy hasta Faulkner, desde el asiático Ha Jin hasta Kureishi el pakistaní. El lector moderno está habituado a una transición imperceptible, y si perceptible no molestosa, al contrario agradable, que no causa desorientación sino causa eso que los románticos solían llamar la expansión del espíritu, un recurso en fin que no obliga a volver páginas atrás para retomar el hilo de la historia porque muchas veces el lector vuelve página atrás, es cierto, pero ya no vuelve nunca. Algo ligero a contemplar que podría facilitar la llegada a este universo de lectores sin mayor preparación.
Finalmente, diremos que ninguna glosa ni presentación reemplazará el sabor de ir descubriendo Malambo por uno mismo, novela entretenida, que por el solo hecho de tratar sobre el mundo negro, por una escritora negra, marca un hito en la historia de la narrativa peruana.