Zein Zorrilla: El Artillero de la Ficción

por Juliano Vasconcellos (Brasil)

Los puentes imposibles

Ciudad Letrada N°5 (Huancayo), Marzo del 2001

 

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Arguedas y la construcción de Los ríos profundos

Zein Zorrilla

Uno de los tantos lugares comunes que tapizan la tradición local consiste en reducir la obra narrativa de José María Arguedas al ámbito de la corriente indigenista. Esta filiación genera dos reacciones opuestas: el reconocimiento de sus valores, y el enrostramiento de sus debilidades. La dicotomía no parece superada hoy que nuestro más reputado “tecnólogo literario”, Mario Vargas Llosa, insiste en recordarnos que Arguedas confundiendo las experiencias de su vida, los avatares de la sociedad en que vivió y los generosos o violentos anhelos que lo inspiraban, parecieron retratar el Perú real, cuando en verdad, edificaban un sueño.

La circunstancia social en las que se inserta la experiencia vital de Arguedas, la sierra feudal de los años treinta, era un medio atravesado por conflictos culturales, étnicos y de poder. Arguedas percibirá que en el fondo de esos conflictos se enfrentaban dos escalas de valores, dos mundos; aguas propicias para el surgimiento del drama, motor de toda obra de ficción.

Las diversas opiniones sobre la obra arguediana, laudatorias como las de Cornejo Polar; autosuficientes como las de Vargas Llosa comparten una matriz común: considerar la obra literaria como necesario e inevitable testimonio informativo de la realidad.

Lo curioso -y naturalmente lo esperado- es que si bien la obra de Arguedas vino a reforzar las posiciones ideológicas del indigenismo, constituye hoy, con todas sus atribuidas imperfecciones formales, uno de los pilares de lo que podría comenzarse a llamar la moderna ficción peruana, donde comienzan a plasmarse en términos actuales las grandes pulsiones colectivas de un mundo en permanente ebullición. Y entendemos por ficción la obra que tiene por función entregar información, a la vez que emociones y cuya forma está determinada por las funciones que se haya propuesto el autor.

Son rastreables hoy las exploraciones dramáticas realizadas por Arguedas en su universo ficcional. Se iniciaron éstas con Agua, se ensancharon en Yawar Fiesta, y en Los ríos profundos se desplegaron la destreza y el aprendizaje realizados ofreciéndonos uno de los más singulares frutos de nuestra tradición.

Los ríos profundos relata las experiencias del adolescente Ernesto en un villorrio de los andes: la trama que vertebra los eventos es una típica trama de Tránsito a la Adultez.

Nuestra joven ficción local ha explorado esta trama en las décadas pasadas y nuestros mayores escritores le han tributado su atención: La ciudad y los perros, Crónica de San Gabriel y Los ríos profundos, comparten estructura y ciertas características que bien valdría recordar:

-Un personaje central adolescente. Alberto en La ciudad y los perros, Lucho en Crónica de San Gabriel, Ernesto en la obra que nos ocupa ahora.

-Salida del mundo ordinario e ingreso en el mundo de las maravillas. Alberto es apartado de la madre para ser sometido a una serie de pruebas en el Colegio Militar. Lucho deja Lima y su familia para probarse en los escabrosos terrenos de la ruinosa San Gabriel. Nuestro joven Ernesto es conducido por el padre a una ciudad extraña donde será abandonado. Nuestros tres héroes se moverán en espacios confinados, entre hombres desconocidos, aprenderán a adecuarse a un mundo cuyas regulaciones les suscitarán coraje y dolor.

-Una cadena de experiencias nuevas y su procesamiento. Las que constituyen el corpus de la novela e involucran, en casi todos los casos, desafíos y pruebas destinados a derrumbar los valores de la niñez, y posibilitar la lenta edificación de otros y su incorporación al mundo de la adultez.

-Ritos de confirmación. El alcohol, el sexo, la capacidad solidaria y la toma de responsabilidades, serán puentes que el joven adolescente deberá atravesar, con suerte diversa. Alberto visitará a la Pies Dorados y liquidará una de las pruebas, Lucho se emborrachará el día de su cumpleaños con el capataz de la mina y a su retorno brindará con ese licor negro, “como un adulto”. Pero Lucho no será capaz de aproximarse exitosamente a ninguna de las dos muchachas que le alcanzan las circunstancias. Ernesto rondará el puente de Eros desgarrado entre los confusos sentimientos de una sexualidad indígena inspirados por el Opa, y aquellos otros occidentales inspirados por las mestizas del pueblo.

-Un mundo nuevo que asoma en el horizonte. Un mundo que espera a aquellos que vencieron las pruebas con solvencia. Alberto se calza el obsequio del padre: un reloj; artefacto que nos permite controlar esa preciada variable de la vida: el tiempo. Alberto se pasea ante nosotros con una novia de su nivel, nos hace saber que en el país del norte los esperan unos cursos de ingeniería. Lucho dejará San Gabriel herido, luego de subir por esos campos donde tanto ha aprendido. A diferencia de los personajes anteriores, Ernesto recorrerá el camino de la maduración de modo torturado y singular, en un escenario más complejo que los otros héroes, y su tránsito ofrecerá un obstáculo adicional y particular: las barreras culturales entre las civilizaciones andina y occidental.

Una de las debilidades mayores achacadas a la novela sería la falta de coherencia dramática de los capítulos iniciales. Pero una lectura intercultural alimenta la sospecha que el autor ensayó conscientemente la introducción de estructuras mitológicas andinas dentro de la formalización occidental que para sus fines representaba la novela.

El viejo

Apenas iniciada la novela compartimos el viaje con el padre y el hijo, nos desviamos del camino a Abancay y arribamos al Cuzco. Vayamos habituándonos al tono narrativo en que nos envuelve la narración:

El Cuzco de mi padre, el que me había descrito quizá mil veces, no podía ser ése.

¿Entonces?, estamos tentados de preguntar, pero Ernesto nos narra la razón de la visita:

Debíamos de tener apariencia de fugitivos, pero no veníamos derrotados, sino a realizar un gran proyecto.
-Lo obligaré. ¡ Puedo hundirlo! -había ddicho mi padre.
Se refería al Viejo.

Son alojados en el fondo de una oscura y antigua edificación cuya atmósfera se disputan los olores del muladar y del cedrón. El diálogo sostenido entre el padre y el mestizo que los ha recibido es revelador:

-¿Aquí? -preguntó mi padre.
-El caballero ha dicho. Él ha escogido –contestó el mestizo.
Abrió con el pie la puerta. Mi padre pagó a los cargadores y los despidió.
-Dile al caballero que voy, que iré a suu dormitorio en seguida. ¡Es urgente!
-ordenó mi padre al mestizo.
Éste puso la lámpara sobre un poyo, en el cuarto. Iba a decir algo, pero mi padre lo miró con expresión autoritaria, y el hombre obedeció. Nos quedamos solos.
-¡Es una cocina! ¡Estamos en el patio dee las bestias! -exclamó mi padre.
Me tomó del brazo.
-Es la cocina de los arrieros -me dijo-.. Nos iremos mañana mismo, hacia Abancay. No vayas a llorar. ¡Yo no he de condenarme por exprimir a un maldito!

En la ausencia del padre, el héroe observa las calles, comprueba su soledad. El retorno del padre nos da una clave mas todavía.

Mi padre llegó en ese instante a la esquina, Oyó mi voz y avanzó por la calle angosta.
-El viejo ha clamado y me ha pedido perddón -dijo-. Pero sé que es un cocodrilo. Nos iremos mañana.

Es sabido el significado que guarda el término caballero en las serranías: diablo, maligno. Y en este caso el diablo estaría ornándose con los caracteres de un saurio. Pero, ¿qué del escenario?

-Ya no hay nadie en la plaza -dijo mi padre.
Era la más extensa de cuantas había visto. Los arcos aparecían como en el confín de una silente pampa de las regiones heladas. ¡Si hubiera graznado allí un yanawiku, el pato que merodea en las aguadas de esas pampas.

Conocemos sus impresiones de la catedral:

Era una inmensa fachada: parecía ser tan ancha como la base de las montañas que se elevan desde las orillas de algunos lagos de altura. En el silencio, las torres y el atrio repetían la menor resonancia, igual que las montañas de roca que orillan los lagos helados. La roca devuelve profundamente el grito de los patos o la voz humana. Ese eco es difuso y parece que naciera del propio pecho del viajero, atento, oprimido por el silencio.

El padre le irá ilustrando acerca de ese paraje que aparenta ser real, pero está suficientemente fisurado para revelarnos que de lo profundo emerge otra realidad que nos envuelve en sus efectos. ¿A qué realidad corresponden las iglesias, inocentes en apariencia, la visita al Amaru Cancha, qué nos quiere decir ese extraño llamado de la campana?

-¡La María Angola! -le dije.
-Sí. Quédate quieto. Son las nueve. En lla pampa de Anta, a cinco leguas, se le oye. Los viajeros se detienen y se persignan.
La tierra debía convertirse en oro en este instante; yo también, no sólo los muros y la ciudad, las torres, el atrio y las fachadas que había visto.
La voz de la campana resurgía. Y me pareció ver, frente a mí, la imagen de mis protectores, los alcaldes indios: don Maywa y don Víctor Pusa, rezando arrodillados delante de la fachada de la iglesia de adobes, blanqueada , de mi aldea, mientras la luz del crepúsculo no resplandecía sino cantaba. En los molles, las águilas, los wamanchas tan temidos por carnívoros, elevaban la cabeza, bebían la luz ahogándose.

El autor asegura el efecto que viene logrando en sus lectores, superpone
una imagen definitiva sobre la anterior:

En los grandes lagos, especialmente en los que tienen islas y bosques de totora, hay campanas que tocan a la medianoche. A su canto triste salen del agua toros de fuego, o de oro, arrastrando cadenas; suben a las cumbres y mugen en la helada; porque en el Perú los lagos están en la altura. Pensé que esas campanas debían de ser illas, reflejos de la “María Angola”, que convertiría a los amarus en toros. Desde el centro del mundo la voz de la campana, hundiéndose en los lagos, habría transformado a las antiguas criaturas.
-Papá -le dije, cuando cesó de tocar la campana-. ¿No me decías que llegaríamos al Cuzco para ser enteramente felices?
-¡El Viejo está aquí! -dijo-. ¡El Anticrristo!

El verbo es preciso. Estamos en el fondo de un lago encantado, habitado por un Amaru. Y es ese pórtico que el héroe deberá trasponer para dejar el mundo ordinario y acceder al mundo de la maravilla que procesará su transformación.

Joseph Campbell planteó en su subyugante obra que muchas obras de ficción, sino todas, desarrollan en última instancia la idea del viaje del héroe. Años más tarde, Joseph Vogler, ávido aplicador de teorías desarrolló las diversas instancias de ese viaje. En nuestra interpretación, Los ríos profundos, sería bajo esa óptica la más lograda indagación andina de aquel mito que hace milenios pasea por las diversas culturas de la tierra.

Un pongo ingresa sin hacer ruido, con los cabellos revueltos, y nos devuelve a la novela; la escena desarrollada parece comprobar el aserto.

Abracé a mi padre, cuando prendió la luz de la lámpara. El perfume del cedrón llegaba hasta nosotros. No pude contener el llanto. Lloré como al borde de un gran lago desconocido.
-¡Es el Cuzco! -me dijo mi padre-. Así aagarra a los hijos de los cuzqueños ausentes. También debe ser el canto de la “María Angola”.
Luego de esta presentación, el lector está preparado para conocer al Viejo, para acompañar a Ernesto a compartir sus percepciones.El mestizo hacía guardia, de pie, junto a una puerta tallada.
-El caballero lo está esperando -dijo, yy abrió la puerta.
Yo entré rápido tras de mi padre.
El viejo estaba sentado en un sofá. Era una sala muy grande, como no había visto otra; todo el piso cubierto por una alfombra. Espejos de anchos marcos, de oro opaco, adornaban las paredes, una araña de cristales pendía del centro del techo artesonado. Los muebles eran altos, tapizados de rojo. No se puso de pie el Viejo. Avanzamos hacia él. Mi padre no le dio la mano. Me presentó.
-Tu tío, el dueño de las cuatro haciendaas -dijo.
Me miró el Viejo, como intentando hundirme en la alfombra. Percibí que su saco estaba deshilachado por la solapa, y que brillaba desagradablemente. Yo había sido amigo de un sastre, en Huamanga, y con él nos habíamos reído a carcajadas de los antiguos sacos de algunos señorones avaros que mandaban hacer zurcidos. “Este espejo no sirve -exclamaba el sastre en quechua-. Aquí sólo se mira la cara del diablo que hace guardia junto al señor para llevárselo a los infiernos”.
Me agaché y le di la mano al Viejo. El salón me había desconcertado; lo atravesé asustado, sin saber cómo andar. Pero el lustre sucio que observé en el saco del Viejo me dio tranquilidad. El Viejo siguió mirándome. Nunca vi ojos más pequeños ni más brillantes. ¡Pretendía rendirme! Se enfrentó a mí. ¿Por qué? Sus labios delgadísimos los tuvo apretados. Miró enseguida a mi padre. Él era arrebatado y generoso; había preferido andar solo, entre indios y mestizos, por los pueblos.
Y una descripción final todavía:Se levantó el Viejo, sonriendo sin mirarme. Descubrí entonces que su rostro era ceniciento, de piel dura, aparentemente descarnada de los huesos.

Luego del ritual de la despedida, padre e hijo reemprenden la marcha:-…”Sacsayhuaman” quiere deciir “Águila repleta”.
-¿Repleta? Se llenarán con el aire.
-No, hijo. No comen. Son águilas de forttaleza. No necesitan comer; juegan sobre ella. No mueren. Llegarán al juicio final.
-El Viejo se presentará ese día peor de lo que es, más ceniciento.
-No se presentará. El juicio final no ess para los demonios.
A estas alturas A estas alturas la información es clara y la emoción definida. No estamos ante un relato clásico occidental, y la emoción está manando de la misma fuente que manan otras manifestaciones culturales indígenas: los huaynos de Condemayta, las bandurrias de Canchis, el menudo zapateo huancavelicano de los indios de Chopqa y Paucará: hemos entrado al mundo indio y a su sensibilidad.

Ernesto ingresará ahora en el universo de las pruebas, más adelante y sin la protectora compañía del padre, hará frente a sus desafíos.

 

 

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© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.

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