Zein Zorrilla: El Artillero de la Ficción

por Juliano Vasconcellos (Brasil)

Zein Zorrilla: RIBEYRO Y LA BURBUJA MIRAFLORINA
Cambio (Lima), 7 de febrero de 1999.

Tulio Mora

Primero fue Mano Vargas Llosa con La utopía arcaica, un incitante análisis de la obra de Arguedas y a la vez un integral aporte sobre el indigenismo. Luego Zein Zorrilla (Huancavelica, 1951), autor de ¡Oh Generación! (1988) y la buena novela Dos más por Charly(1996), publica Un miraflorino en París. Ribeyro: la tortuosa búsqueda del craft, atribuyéndole al reconocido autor serias deficiencias constructivas en sus obras de ficción que se extenderían a toda la narrativa peruana —incluyendo a Vargas Llosa—, porque sus autores son tributarios de una pesada herencia preindustrial. La reflexión literaria desmitificadora no siempre se practica en el Perú y menos agrada. En esta entrevista Zorrilla nos revela por qué.

Tulio Mora.- Desde que lo leíste en Ayacucho, hace dos meses, tu folleto sobre Ribeyro ha desatado una gran resistencia porque a mucha gente no le gusta que le derriben sus mitos.

ZZ.- Algunos lectores están llevando el análisis al terreno de un derribamiento de Ribeyro, cuando lo fundamental de mi texto es el cuestionamiento a la literatura española tomándolo a él como pretexto. La narrativa espanola ha olvidado el enfoque de la ficción para privilegiar lo literario en sí. Este concepto se ha reducido al trabajo de la frase bella. Las culturas sajonas en cambio han mantenido el carácter original de lo literario, cuyo valor radica primero en la construcción de la ficción.

—Reduzcamos la generalización: ¿tu aseveración supone que toda la narrativa peruana tendría defectos de construcción?
— Para responderte debo aclarar primero que yo soy fundamentalmente quechuahablante, y créeme hay más afinidades entre el quechua con las lenguas sajonas, que con el español; su sentido pragmático, aglutinador tiene un puente con ellas; el español es muy cortesano. Su grandeza literaria estuvo vinculada al teatro, luego empieza la decadencia. Según Harss, después de Garcilaso no tenemos nada hasta Ricardo Palma, y de alli a un Vargas Llosa con serios problemas. Debemos lanzarnos a explorar otras culturas.

MENTALIDAD PREINDUSTRIAL

— Un estudioso de literatura podría decirte que esa exploración ya fue hecha en los 50 por Zavaleta y Vargas Llosa, y si quieres, en una segunda etapa, por Bryce, Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, ¿qué más habría que explorar?
— Los años 50 fueron un momento crucial para el Perú, dividido hasta entonces entre colonialistas y feudalistas. Después aparece una nueva clase social que no se siente identificada con esa guerra. A ella pertenecen los que has citado. A Zavaleta le cabe un gran lugar, aunque no me compete evaluar sus logros artísticos. Ellos se asumen pertenecientes a la clase media, hoy día podemos decir que eran los años de la formación de la burguesía peruana que, incluyendo a Ribeyro, se nutre de los restos de la cultura feudal terrateniente de la sierra y colonialista de Lima.

— La mayoría de los narradores de los 50 son urbanos, salvo Vargas Vicuña y Arguedas, que era bastante mayor y cuya obra motiva la brillante observación de Vargas Llosa de sus falencias de construcción, en La utopía arcaica, provocando una lectura escandalizada entre los arguedistas. ¿Las deficiencias de nuestros novelistas tienen que ver con esa mentalidad preindustrial que has citado?
— Hay un hecho interesante: en 1956, Vargas Llosa pregunta a los escritores más notables del país “¿qué es la técnica para usted? “. Por primera vez lanzaba una pregunta típica de una sociedad industrial y las respuestas eran de las más disparatadas. Curiosamente, el que mejor responde es Arguedas: “toda la técnica tiene que resumirse a comprometer al lector”. Creo que Vargas Llosa nunca sopesó esa respuesta en toda su vastedad, porque muchas veces se olvida del lector.

— Por su preocupación de la técnica,
— Cuando las aguas se serenen veremos que historias como La ciudad y los perros se pierden por un exhibicionismo virtuosista e inútil, están llenas de adiposidades y colgajos, como ya bien señaló Harss. Sus ensayos y memorias me parecen mucho más valiosos que sus intentos expresivos, hasta Conversación en La Catedral. No podemos concebir la novela francesa sin Flaubert, en cambio, nadie ha seguido el camino abierto por Vargas Llosa. No tiene padres literarios y tampoco hijos. Epidemiológicamente, es un tumor.

— Eso también ocurre con Vallejo. Se le ha leído y elogiado pero no reproducido por temor a copiar su estilo. El concepto de estilo entre los escritores peruanos es un poco provinciano.
— Estilo es el acabado final del texto. La primera función de la narrativa es su gran necesidad comunicativa. Hace cinco mil años que hay literatura escrita, ¿cuántos más el hombre hace literatura oral? Las reglas de comunicar algo ya están sentadas desde hace mucho tiempo.

— Te refieres a La poética de Aristóteles.
Exactamente. Él pone las pautas que ya tenían cientos de años de pruebas y fallas. Si Aristóteles hubiera leído La Casa Verde le habría dicho a su autor: “antes de trabajar la palabra bella, ¿adónde apuntas, qué es lo que estás contando?”. La literatura hispana privilegia la belleza y no la expresión que debe comunicar poderosamente.

—¿Y qué pasa con La guerra del fin del mundo, para muchos, entre ellos me coloco, su mejor novela?
— Sus problemas de construcción allí se resuelven, porque se encuentra con una estructura ya hecha por Euclides Da Cunha, él sólo la colorea como hacen hoy con las películas en blanco y negro.

— Volvamos a Ribeyro. Tú cuestionas Crónica de San Gabriel pero no sus cuentos.
— Todo Gallinazos sin plumas donde a mi modo de ver están sus mejores cuentos. Después todo en él es retirada, porque renuncia a las armas de la ficción para incidir en un estilo expositivo de ideas. Se convierte en un argumentador cuyo mejor ejemplo es “Silvio en el rosedal”, un poco apartado de las leyes de la ficción. Tú lees a Salinger y en ninguno de sus cuentos lo vas a encontrar, porque, como Flaubert, está en todos. Ribeyro no desarrolla esa grandeza en su búsqueda desesperada de las armas de la ficción, se refugia en un estilo filosófico argumental, profundo, de Prosas apátridas, para mí lo mejor de él.

— Me voy a poner en el pellejo de un lector devoto de Ribeyro, que no lo soy: ¿esa devoción no nace de la empatía que logra el autor, no es eso la técnica?
— Voy a responderte con una frase de Faulkner: “la labor del escritor es convertirse en el profeta de su tiempo”, en nuestro país ese rol lo han ocupado algunos poetas y científicos sociales, como Pablo Macera. Todo sería diferente si tuviéramos un escritor con la maestría de un Vargas Llosa, pero con el convencimiento en el futuro de Macera.

— Allí tengo una discrepancia, los novelistas han formado una conciencia. La idea del indígena como protagonista del Perú nace con la novela. Quizá su deficiencia haya consistido en ver la escritura como una exposición didáctica buscando, antes que la literatura, ocupar un espacio de opinión pública.
— Pero ahora hay que pasar al proceso de diseñar el perfil del hombre nuevo, este es un país que está redefiniendo su identidad. Allí le cabe un rol de primera fila a los narradores.

— ¿Tú ves esa preocupación en los narradores jóvenes?
—— Están en plena búsqueda. Luis Nieto y Rosas Paravicino deben dar mayores cosas en novela histórica, Cronwell Jara y Óscar Colchado no se han agotado. Paralelamente hay un bloque fuerte de escritores miraflorinos empantanados en su clase social, retirándose de la historia.

— No son miraflorinos en París sino en la aldea chicha de Lima,
— Lo terrible sería que esas mismas actitudes autistas y mongolizantes aparezcan en los conos, aunque lo positivo pueda ser que de esa antítesis surja otro planteamiento.

— Pero incluso escritores maduros y no miraflorinos, como Washington Delgado y Pablo Macera, profetizan el silencio literario frente al tema de la violencia de los 80. La migración es otra deuda pendiente, ¿Por qué los novelistas renuncian a los grandes temas?
— En los grandes movimientos los poetas son los rangers y los narradores entran después sobre terreno seguro. Lo que estamos hablando de la narrativa, del parricidio ya lo hizo Hora Zero en los 70, que barre a toda la poesía castellana con un nuevo discurso. Los problemas actuales requieren de una nueva perspectiva. Quizá asistamos a la aparición de novelistas-cronistas o testigos de esos sucesos, pero la evaluación puede demorar algo más.

— Poetas y narradores tienen un profundo e inconsciente anclaje en el pasado, a diferencia de los norteamericanos que sólo tienen la terrible alternativa del presente. Creo que lo extraordinario de su literatura radica en esa representación tan inmediata de sus lectores. ¿Cuántos temas del presente hay que no se tocan, por qué esperar muchos años?
— La sacralización es otro problema y sin embargo escribir novela es tan sagrado como hacer una mesa, independientemente si va a un gerente o a un pueblo joven. El talento de este pueblo todavía no llega a la novela, el gusto del peruano actual sigue funcionando en colectividades, por ejemplo en la música. Hace años asistí a una conferencia de Martín Lienhard con doce personas más. Cuando salimos nos encontramos con un carnaval ayacuchano desde el Parque Universitario hasta Acho. Diez kilómetros de cultura popular no dejaban avanzar a trece eruditos en literatura quechua.

— A propósito de tu folleto sobre Ribeyro, un periodista te ha recordado que es una frase común echarle la culpa al Perú de los fracasos literarios.
— También ha dicho que alguien es bueno porque tiene talento. Esta es una idea del siglo XIX. Para construir los nuevos edificios se llama a arquitectos capacitados, no se les dice “me interesa usted por su talento”. La novela como obra ensamblable es una preocupación de sociedades industriales, donde no se habla de obra de arte sino de producto cultural. Quitémonos la venda de los ojos: gran parte de las obras de Ribeyro no llegan a un nivel aceptable. Vivió muchos años en París con una burbuja miraflorina que le impidió absorber los grandes hallazgos, en materia de construcción literaria, de Forster, Lubbock o Henry James.

— ¿Ribeyro —como Martín Adán en la poesía— es el gran narrador del siglo XIX?
—Daría esa impresión, en uno de sus Diarios, él consigna una reunión con algunos poetas peruanos en París quienes le enrostran que no es escritor del siglo XIX, sino del XVIII. Estaba muy consciente que era de cualquier siglo, menos del XX.

— ¿Después de Dos más por Charly, qué estas haciendo?
— Estoy en etapa de publicación de Las mellizas de Huaguil, que es una exploración a nuestras alternativas de identidad: ser leal al Ande o aventarse a la occidentalización sin freno; además, estoy terminando otro trabajo parricida sobre Vargas Llosa y su demonio mayor: la sombra del padre.

— ¿Tolerarás que alguien escriba un folleto sobre tu obra?
— Será por estar haciendo algo, si me ocupo de Ribeyro es porque él dejó una huella.

© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.

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