por Juliano Vasconcellos (Brasil)
El Sol (Lima), 1999.
Juan Carlos Lázaro
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Hallazgos y extravíos sobre el arte de narrar en candente diálogo con Zein Zorrilla, autor de Las mellizas de Huaguil, su última novela.

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Zein Zorrilla, a quien no me atrevo a preguntar sobre el origen de su nombre, se precia de conocer poco la narrativa peruana y de haber logrado lo mejor de su aprendizaje literario, hasta ahora, de los autores anglosajones. “Muchas novelas del ‘boom’ también me resultaron imposibles de leer. No las he leído”, espeta. ¿Por qué?, demanda el periodista. “Mucho palabreo. Mucho bla, bla, bla. Eso es el español. Hace daño”. ¿Y El Quijote?, protesta el periodista. “Ah, eso es otra cosa. Es lo único que vale”. Mira la pantalla de su laptop, toca un timbre y aparece su secretaria. Zein Zorrilla acaba de poner en los escaparates de las librerías Las mellizas de Huaguil, su última novela, tras la cual están Dos más por Charly (1996) y los cuentos de ¡Oh Generación! (1988). Más acá, el año pasado, publicó un ensayo que cayó como un cartucho de dinamita en los circulos literarios de Lima, Un miraflorino en París, dedicado a escudriñar las fallas en la formación del narrador frustrado que habría sido Julio Ramón Ribeyro. |
— Pero vayamos a lo tuyo, a tu novela. Eso de las mellizas es una metáfora, ¿no? Lo veo como las dos caras de una misma moneda: el Perú tradicional, andino, no oficial; y el Perú de las posibilidades que se pervierten con una occidentalización de mercado.
— Nunca pensé en una metáfora. Yo diría, en términos más simples, que es una historia de dos mujeres y dos destinos. Recuerda que muchas novelas de los años ‘60 y ‘70 tienen la constante del tránsito de la adolescencia a la adultez. Ahí están las tres primeras novelas de Mario (Vargas Llosa). Y lo de la duplicidad (dos personajes en contrapunto) es propio de escritores que pertenecen a sociedades tradicionales en tránsito a modernizarse. En nuestra sociedad esta trama se viene activando: tienes la descomposición de la sociedad feudal del Ande y la crisis de la sociedad colonialista de Lima.
Zorrilla, según aprendió de Hemingway, es de los escritores que piensan que sólo debe escribirse de lo que se experimenta y se vive en carne y hueso. Escribir, como se diría, con conocimiento de causa. La mayor parte de sus relatos, así como Las mellizas de Huaguil, están ambientados en la sierra, un medio que conoce como la palma de su mano, puesto que ahí nació, en Huancavelica específicamente en 1951, en el seno de una familia de terratenientes medios. Habla el quechua al derecho y al revés. Era estudiante de la UNI, en Lima, cuando empezó a escribir sus primeros cuentos. Para conocer mejor a los escritores norteamericanos e ingleses, prefirió leerlos en su propia lengua, y también aprendió el francés sólo para leer a Flaubert.
— Has leído a Hemingway en inglés y a Flaubert en francés. Pero tus relatos tienen el mismo paisaje y trasfondo social de los de Arguedas, Zavaleta y Vargas Vicuña. ¿Admitirías la clasificación de escritor indigenista o regionalista en ese detalle?
—Los indigenistas narraban tomando partido por una cultura. Eran como cronistas. Y ahí estuvo su error. En literatura se puede hacer de todo, pero a nivel de ficción hay que seguir las vicisitudes de los personajes en tanto individuos. Eso hago bajo marcos muy precisos. ¿Es eso indigenismo? No lo sé.
Quiero pasar a otra pregunta, pero el narrador vuelve a la carga. ¿Indigenista o regionalista porque escribe de la sierra? Típica visión limeñista de la literatura. Recuerda que una vez le hicieron la misma pregunta y él respondió que era tan regionalista como lo son Ampuero o Niño de Guzmán, que sólo escriben sobre la “región Miraflores”. Pound decía que la química es química acá o en Europa o en Arabia. Igual es la literatura. No importa que el paisaje sea Lima o Huancayo, o que los personajes sean de la sierra o de Mfraflores. De lo que se trata es de ser universales. En 20 años de premios Copé no ha salido de ahí ningún escritor con dimensión internacional. Nada trascendente hasta ahora. Eso es lo que debe preocuparnos. Lo demás son arquetipos, mascaradas, cosas de capillas.
El ingeniero y escritor Zein Zorrilla dirige una empresa desde el tercer piso de un edificio de Corpac. Desde las ventanas puede verse parte del mejor rostro de Lima. La avenida Guardia Civil tiene una inmensa área verde en medio. Hacia el lado este se yerguen, deslumbrantes, edificios de más de diez pisos de cristal y aluminio. Los ultimos modelos transitan por estas pistas. Las señoras llegan al supermercado acompañadas de empleadas vestidas de blanco o celeste.
“Esta sociedad en acelerada transformación es lo que hay que revelar en el Perú”, me dice. El conflicto entre la sierra y la capital, el conflicto entre ellas mismas, su descomposición y crisis. ¿Quién da cuenta de todo esto? Hay algunos, me dice: Enrique Rosas Paravicino, Luis Nieto, Samuel Cardich. También me dice: “Esta sociedad da para diez Balzac. El problema es de técnica, de tecnología, no de genética”. Le digo que hay algunos jóvenes que escriben sobre esta Lima caótica, violenta y desquiciada de fin de siglo. “Sí —me dice—, pero lo hacen siguiendo lo más pobre de una corriente que está de moda en los Estados Unidos todos son copistas de Easton Ellis, se quedan en la pose, y olvidan que esa misma corriente tiene un eje central poderoso que se asienta en los grandes. Se acaba la conversación con el mediodía. Siento que no he preguntado lo suficiente, pero el tiempo es implacable. Volteo mi vaso de coca cola. ¿Dónde está la promesa de la narrativa peruana?, pregunto por última vez.
—Me preocupa —dice— que después de Ciro (Alegría) y de José María (Arguedas) nuestra narrativa haya caído en el embrujo de las corrientes de moda europeas sin ningún buen resultado. De donde va a surgir algo es de quienes asuman tanto la vieja tradición de maestros como Azuela, Isaacs, etc., como los mejores logros de la narrativa moderna. El panorama está desierto. Hay que volver a los clásicos, alcanzarlos y hacer una narrativa de altura y profundidad. El problema es técnico, no genético.
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© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.