por Juliano Vasconcellos (Brasil)
Augusto Wong Campos
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Zein Zorrilla acaba de publicar una obra maestra titulada “Arrasados”, incluida en su cuentario ‘Siete rosas de hierro’ (2003). Zorrilla, nacido en 1951, provinciano de Huancavelica, es un escritor de ficción que por voluntad propia perdió el tren de la generación del setenta y, hacia finales de los años ochenta, solo con reticencias publicó un primer volumen de cuentos titulado ‘¡Oh generación!’ (1988), nunca reeditado y tampoco bien recordado por quienes esperaban encontrar la nueva gran promesa. El proceso que ha llevado a Zorrilla ha escribir una obra maestra es parte de una producción que incluye tres novelas y dos ensayos, todos publicados en los noventa, hasta concluir por el momento en los siete cuentos que, como se cuenta en un epígrafe del propio autor, son rosas de hierro dispuestas a competir su belleza con las rosas reales.
“Arrasados” es la segunda “rosa”, puesta en ese lugar por orden de culminación. La violencia en este cuento es más verbal y física que en el resto de las historias del libro. En los otros, el conflicto se funda sobre problemas psicológicos o las necesidades internas de los protagonistas. En “Arrasados”, Néstor, un hacendado caído en desgracia por la Reforma Agraria, y cuya única compañía es el grupo de una perra, su cachorro y unas gallinas, descubre que su conflicto se basa en que se halla en un escenario polarizado por fuerzas antagónicas, a las que se niega a pertenecer. El hecho de que toda la historia esté en el punto de vista de él se encarga de reforzar las transformaciones que suceden en su interior como efecto de los eventos exteriores.
El momentum (la inercia narrativa) del cuento avanza como una experiencia frenética para Néstor, quien solo puede descansar cuando una escena de alta carga dramática ha concluido dejándolo más disminuido de lo que estaba. En todo el cuento, el protagonista solo logra tomar una bocanada de aire para, nuevamente, ser agredido por una de las fuerzas antagónicas, militares o guerrilleros que son a su vez opuestos al escepticismo del ex hacendado.
Esos “descansos” que obtiene el protagonista entre escenas altamente dramáticas funcionan como un proceso de secuelas en las que Néstor va transformando su punto de vista y aclara sus acciones. A la primera escena, una exposición de la penetración militar cerca de la ex hacienda de Néstor, un sumario sobre los actos de los guerrilleros nos informa que en algún momento Néstor “pensó buscar refugio donde algún vecino del otro lado del río, pero lo retenían las gallinas y esa perra que acababa de parir”. Este sumario concluye con el descubrimiento de un guerrillero herido en el patio de su hogar. Esta escena, que constituye el punto de quiebre en la historia cuando Néstor auxilia al guerrillero herido y trata de discutir con él, es seguida por una breve transición en la que Néstor otra vez puede descansar, hasta que es interrumpido por las fuerzas militares. El oficial militar expone sus motivaciones mientras aniquila a la perra y a las gallinas, los únicos seres queridos de Néstor: “Ustedes, los dueños de la tierra, han sido incapaces de hacerse respetar, por eso he venido, a meter las manos en la porquería, a defender lo tuyo”.
“Buenas intenciones” que son en nada diferentes a las que, horas antes, le dio el guerrillero herido: “El sistema te denigra y tú denigras a tu semejante convirtiéndolo en peón, en animal. Eres un explotador, pero tendrás tu oportunidad”.
Asesinada la perra, Néstor encuentra el deber de alimentar a su cachorro. Es el punto medio de la historia, pues los propósitos de Néstor han cambiado, y en este proceso tiene una iluminación sobre el pasado y el presente de su ex hacienda: “Los hombres le habían vuelto las espaldas a la tierra”, piensa. Y luego de estas secuelas apacibles, le sigue un nuevo enfrentamiento traumático con otros guerrilleros, que ingresan a su propiedad, lo atan y planean fusilarlo. Son con toda evidencia aquellos ultras de los que el guerrillero herido lo previno, los que “creen que lo mejor es limpiar la tierra de alimañas, empezar de cero”.
Mientras, la escena que le sigue se encarga de rematar el descubrimiento que Néstor tiene del escenario. Sus únicos aliados, tres amigos de las cercanías, aparecen por su hogar. Lo buscan, se espantan con el cadáver de la perra, lo dan ya por muerto y saquean su herencia. Estos amigos conforman el grupo de personas que ha elegido un bando desde el inicio; son los que reclaman por una Base Militar en la zona. “Le habíamos dicho que saliera de acá”, comentan del amigo perdido, “que se viniera con nosotros. Le cortaron el puente y aquí solo, se jodió.”
Maniatado, saqueado y humillado, Néstor alcanza una revelación final: piensa en la familia que perdió, una madre, sus animales, y en la familia que le queda, una hija y un hijo diseminados en el país. Es “la calidez de la vida” en sus últimos momentos. Cuando está resignado a la muerte, el cuento alcanza su clímax, causado por un milagro, por un lado, pero sobre todo gracias a una sabia construcción narrativa.
La resolución de la historia está apropiadamente instalada en el punto de vista de Toño, uno de los amigos que dio a Néstor por muerto. Los amigos, esos seres que se adaptaron al medio y por tanto pueden sobrevivir en él, ven al ex hacendado transformado, exiliado de su hogar, dirigiéndose con el cachorro a la espalda hacia una familia con la que espera reconciliarse.
El escepticismo como punto temático de la historia es engañoso. La caracterización de Néstor se aparta solo de los métodos que usan militares y guerrilleros, no de sus principios de justicia. Néstor tiene un instinto de supervivencia casi animal (como la primera escena del cuento se encarga de mostrarnos) que se desenvuelve hasta su conclusión en una necesidad de vivir en paz, sencillamente. Este ex hacendado no es diferente del ciudadano común de aquella época que, en otras regiones del país, se empecinaba en no creer lo que el escenario violento de cada día le mostraba, en no tomar partido ni tener opinión alguna. El cuento, al transformar a Néstor en un emigrante forzado de su tierra, muestra algunas de las consecuencias que esto trajo.
Que un cuento como éste, con una aplicación excepcional de los elementos ficcionales y una prosa transparente, haya pasado desapercibido no debe desalentar a su autor. La indiferencia no es novedad en el Perú, cuyo medio cultural está tan ávido de celebrar tanto lo que ya se celebra en el extranjero como lo perteneciente a un círculo de amigos de la prensa.
Aunque es verdad que una sola explicación no basta para entender por qué una obra maestra como la de Zorrilla pasa desapercibida. Es, además, una cuestión de tradición; en una tradición peruana –que se extiende a una tradición latinoamericana- tan acostumbrada a celebrar los knock-outs de Cortázar, los cuentos de una sola línea de Monterroso, las “atmósferas poéticas” de Rulfo y el “Ángel de Ocongate” de Rivera Martínez, un creador como Zorrilla, que con desembozo se quiera unir a la fila de otra tradición de cuentos escritos por una lista que incluye a Tolstoi, Hemingway y Jhumpa Lahiri, está condenado a ser castigado con el sueño de los justos en los anaqueles de librerías locales, hasta que la esperada apreciación –con aires de resurrección gloriosa- lo rescate y lo ponga en el lugar que corresponde.
La posición de Zein Zorrilla en la historia de la literatura peruana es dudosa. A la larga, y con el extraordinario futuro que se avista en su último cuentario y en sus ensayos, puede suceder que Zorrilla gane el mismo privilegio que hoy goza César Vallejo, cuya pertenencia a un vanguardismo peruano es tan dudosa como su pertenencia a cualquier corriente local, o la posición de su colega Vargas Llosa, cuya inclusión en una generación del sesenta debería avergonzar a quienes quieren acompañarlo en una lista común de méritos. Hago votos por que Zein Zorrilla tenga los mismos problemas de categorización.
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© Juliano Marques de Vasconcellos, 2007.